Erick Mucushua Cahuaza (10) es un niño de la nación originaria Quechua que pertenece a los pueblos amazónicos de Perú. Permaneció perdido por 19 días en el espesor de la selva amazónica y sobrevivió sin ningún tipo de ayuda, gracias a su intuición y actitud de resistencia. Tú escuchas narrar esta historia por los padres del niño, y pareciera imposible, pero sucedió.
Karina Cahuaza Lomas (31), madre de seis niños, vive en la comunidad nativa Quechua de Pañayacu, río Pastaza, cerca de la frontera con Ecuador, un lugar de alta vulnerabilidad por la explotación petrolera. Ella vive con todos sus hijos y su esposo, Gonzalo Mucushua Curinari (36), quien es pescador, como casi todos los quechuas amazónicos. La labor de Karina es ser ama de casa y agricultora; enseña a sus hijos a cuidar la chacra. Recuerda que el lunes 7 de julio, aproximadamente a las 6 a.m. la esposa del director y profesor de la escuela primaria le invitó a compartir carne de sachavaca, que se encontraba a una hora y media de la comunidad, en pleno monte. Tenían que ir a recoger el suculento obsequio para alimentar a la familia, y ella emprendió el camino acompañada de dos de sus menores hijos: Erick (10) y Ali (8).
Al retornar a casa, se da cuenta de que faltaba Erick y regresa por el mismo sendero en busca del menor. Sube a una loma, mira hacia todos lados y le embarga el sentimiento de que Erick ya se había perdido. Procede a comunicar a su cuñada y luego a los demás comuneros, así como al padre de Erick para volver por el mismo lugar. Fueron momentos de mucha angustia, porque ya se acercaba la oscuridad de la noche y empezaron a desesperarse. Ambos padres se dan cuenta de que su menor hijo estaba perdido, se abrazan y lloran ante la situación. El Apu de la zona, Emerson Butuna Mucushua (34), quien es tío de Erick, convoca a una reunión a todos los lugareños y 12 comunidades cercanas, entre quechuas y achuares, brindan su solidaridad en la búsqueda, llegando a ser aproximadamente 800 personas que participan activamente. Adicionalmente, el Ejército Peruano se une a la operación con un helicóptero que sobrevuela la zona.
Los brujos hacían su ceremonia con plantas sagradas y con mapacho para buscar al niño en sus sueños y pedir al Sacharuna (dueño del monte) que devuelva al niño sano y salvo, porque de lo contrario, se puede enfermar o se puede adentrar más en la selva, siguiendo el sonido de cualquier animal o espíritu del bosque.
Todos los rescatistas se unen con un solo objetivo: traer al niño de regreso a su comunidad. Los achuares tienen un rol importante en la búsqueda, porque ellos son los expertos montaraces y cazadores predilectos; son los que tienen un pleno conocimiento de la floresta, de día y de noche. Son conscientes que el niño está en continua amenaza porque es selva virgen donde caminas y, a dos metros, te das cuenta que no tienes visión de quién va adelante, por el mismo espesor de las plantas, hierbas y árboles. Las fieras que habitan toda esa zona son otorongos, tigrillos, serpientes como jergón, cascabel, shushupe (la más venenosa y letal), boas de más de cinco metros y, por supuesto, los mismos demonios o imaginarios de la selva, como el tunche, la lamparilla y el shapshico, entre otros mitos amazónicos. Por eso mismo, van bien equipados con su mosquitero, frazada, linterna, escopeta y machete como medida de seguridad. Para alimentarse, llevan masato, plátano, sal y fariña. No había carne del monte, pero sí había mucha solidaridad.
Después de 19 días de incertidumbre, Erick aparece solo, completamente sucio y desorbitado, en la misma comunidad nativa de Pañayacu, en la última casa y más lejana de la comunidad, que es de su tío Moisés Mucushua, quien inmediatamente lo lleva a la casa de otro familiar, Anselmo Pizango. Ellos dan parte a sus padres para darse el ansiado abrazo cerca de Andoas Viejo y ser llevado a la posta médica de Nuevo Andoas, y luego ser trasladado ese mismo día a la ciudad de Iquitos en una avioneta de la Fuerza Aérea del Perú.
La madre de Erick, quien no podía dormir ni comer por la situación en que se encontraba, agradeció a todas las personas que participaron del rescate de su menor hijo. Igualmente, el padre del menor dio muestras de reciprocidad y afecto a todos los lugareños.
Erick, con pausada y entrecortada voz, contó a su madre que se perdió debido a que se cayó en el camino de retorno. Luego, al levantarse, se dio cuenta de que estaba solo. Escuchó voces y sonidos iguales al de su progenitora, lo que hizo que se adentrara por caminos que nunca había andado. Los curiosos y comuneros aseveran que fue el shapshico quien hizo perder a Erick. Caminó incansablemente hasta que llegó la noche y se protegió en un árbol. Cada día caminaba hasta cansarse. Nunca sabía si estaba en la dirección correcta; llegó un momento a pensar que la maraña iba a ser su nueva casa. Se detenía a mirar el sol, comía aguaje, cacao y sacha mangua. Durante todo ese tiempo, bebía agua de las quebradas. Andaba con toda su ropa mojada por las continuas tormentas que azotaban el lugar. Sintió algo de alivio cuando se le acercó una cría de huangana, que pudo acariciar. Él era consciente que estaba perdido, pero nunca se desesperó ni lloró. Sentía cansancio por las noches que no dormía bien. Una tarde miró personas que surcaban el río, pero no les llamó porque sintió temor, y el ruido estridente del motor hacía imposible que escucharan su aguda y débil voz.
Erick Mucushua Cahuaza es el mejor ejemplo de resiliencia y adaptación a la supervivencia de los niños en la selva amazónica, con climas extremos, tormentas e incesantes lluvias, en una selva oscura con relámpagos y truenos, fieras voraces e insectos que le picaron todo su cuerpecito, dejando huellas y gusanos en la cabeza que le fueron retirados en Iquitos.
También pone en evidencia la participación de todas las comunidades por una buena causa y, lamentablemente, resalta la falta de servicios básicos e indispensables en los centros médicos. Miles de personas están desatendidas en esta frontera con el hermano país de Ecuador. Tenemos la esperanza que algún día los gobernantes sean humanamente conscientes y den un giro al pobre y deficiente sector salud, para que estos peruanos sean atendidos con dignidad. (Jorge Linares).
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