Adolfo Ramírez del Águila
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No sé si usted amable lector, recordará el hermoso relato bíblico, en donde el rey Salomón (siglo X a.c.) da un fallo ante un extraño diferendo por la maternidad de un niño. Si no lo recuerda, le presentaremos un resumen, pero mejor sería si lee su Biblia en Primera de Reyes 3, 16-28. En este pasaje, se narra la historia de dos mujeres que vivían en una misma casa; las dos tuvieron cada una un bebé y uno de los niños muere por asfixia accidental. La primera mujer presenta su acusación ante el rey Salomón, aduciendo que la segunda mujer cambió el niño muerto por el vivo; la segunda mujer se defiende diciendo que todo es una cuartada de la otra para quedarse con el niño vivo. Cada una reclamaba ante la corte real, su derecho legítimo de pertenencia sobre el niño. Ante tamaño diferendo, el rey Salomón, después de pensar con sabiduría, ordena que traigan una espada y corten al niño en dos partes y que den una mitad equitativa a cada mujer, y asunto solucionado.
La historia no termina allí, si el relato hubiera terminado de esa manera, quizá se hubiera quedado en el baúl de los recuerdos diplomáticos y nadie hubiera recordado el famoso fallo. La verdadera sabiduría de Salomón viene a continuación. En el momento que el verdugo levanta la espada para partir al niño en dos, calculando puntos equidistantes, la primera mujer suplica al rey que no maten al niño y que mejor lo entreguen vivo a la otra; contrariamente la segunda mujer gritaba: ni para mí ni para ti, que le partan. Entonces el rey ordena que no maten al niño, y lo entreguen a su verdadera madre, o sea a la primera mujer.
Lo que ha sucedido en este inicio de semana, en donde nuestro país y el hermano pueblo de Chile, pusieron a disposición del arbitraje de la Corte de la Haya sus diferendos marítimos, nos hace recordar este famoso pasaje bíblico. Salvando las diferencias notables entre lo sucedido en Israel del siglo X a.c. y lo sucedido el lunes 27 de enero del 2014, día histórico del fallo, queremos recrear algunos paralelos bíblicos, que nos podrían ayudar en esta nueva etapa de hermandad y cooperación de dos pueblos vecinos.
Los dos países, actuando con mucho civismo y madurez diplomática, decidieron poner a veredicto de la Corte de la Haya un asunto pendiente en cuanto a la siempre complicada delimitación marítima. Muchos mercaderes de la muerte seguramente, insinuaron que no era la mejor decisión histórica buscar este arbitraje para solucionar un problema de límites, que inclusive era una cobardía patriótica; lo más correcto hubiera sido, medir fuerzas en una guerra convencional. Felizmente, primó la sensatez de los dos países democráticos, sino estaríamos lamentando una guerra fratricida con un alto costo humano, en donde ponen el pecho en primera línea de combate los jóvenes pobres de nuestros países. Las dos mujeres del relato bíblico, también optaron por acudir al rey como árbitro de justicia y no agarrarse a golpes y a chobazos.
La Corte Internacional de la Haya, organismo de Justicia de las Naciones Unidas, fue el árbitro correcto para deliberar el caso contencioso. Con mucha sabiduría, tomándose años de prudente tiempo, escuchó primero a cada uno de las partes; nuestro país fundamentó sus pretensiones limítrofes siempre abriéndose a las posibilidades de ceder en algo, lo mismo hizo el par diplomático chileno. Terminada esta etapa, la Corte integrada por 16 miembros, analizó todas las fundamentaciones y finalmente tuvo que dar su veredicto: Delimitar el mar en sus 200 millas para ambos países, de una manera justa y equitativa. El rey Salomón del relato bíblico, también tuvo que tomar la sabia decisión después de escuchar pacientemente a las dos mujeres, ordenó un primer nivel de justicia: partir al niño en dos partes iguales.
La Corte de la Haya después de comunicar su veredicto, puso fin a sus atribuciones. Toca ahora a ambos países, inaugurar una nueva etapa post-Haya para lograr una solución real y sostenible a largo plazo, buscando juntos un mejor proyecto de integración sudamericana, que no permita cercenar nuestro suelo patrio ni a su gente que vive allí. No caigamos en el juego de los mercaderes de la muerte, que van a querer sembrar el descontento por estas nuevas delimitaciones marítimas, para poder vendernos armas y autodestruirnos; no repitamos nunca más un escenario como lo sucedido en 1879, en la ignominiosa Guerra del Pacífico. Las fronteras físicas, son inventos de los que quieren dividirnos, para sacar provecho de nuestros recursos y dominarnos con más facilidad. La actitud de las mujeres frente a la decisión de partir al niño en dos, permitió al sabio Salomón distinguir a la verdadera madre. La mujer que quiso mezquinamente que cercenen al niño de todas maneras, era la madre impostora.
Las fronteras físicas ya se han cerrado. Es hora que se abran los corazones en base a aquello que más nos une entre peruanos y chilenos: la rica gastronomía, la historia común, una misma fe cristiana; inclusive el sueño en una patria de Estados Sudamericanos, con moneda única, mayor inversión social y menos gastos militares.
Hacemos votos para que nuestros países hermanados en esta gran comunidad pan-americana, tengan la sabiduría de borrar todos los hitos, triángulos y paralelos belicistas y construir una patria grande, fraterna, solidaria, democrática y justa. Dios bendiga al Perú y a Chile. Amén.






