Del ayahuasca se ha hablado tanto, bueno y malo, que gentes de lejanas latitudes han venido desde antes y ahora mismo, a comprobar lo que se dice de la soga de los muertos. No es habitual tocar este tipo de cosas en este espacio, por lo que les resultará extraño leer una nota así. Lo cierto del asunto no es precisamente la poción lo que nos mueve a escribir estas líneas, sino el hecho de tener en un joven chamán, una serie de expresiones que debería tener en cuenta toda persona que tenga un norte, una esperanza, un sueño.
Un joven asháninka relata su vida. En él encontramos que desde niño, viendo a su padre, un chamán, que curaba a la gente que llegaba a su casa llorando por sus enfermedades, se propuso seguir los pasos de su progenitor. Hoy, él también es un maestro del curanderismo. Arturo Izquierdo, es ayahuasquero, tiene 29 años, es maestro, domina tres lenguas y es estudiante de la Católica.
El positivismo que transmite es realmente contagiante. Asegura que la toma de la soga de los muertos, da sabiduría, inteligencia y capacidad. Y debe ser cierto, porque él es un ejemplo de lo que puede lograr una persona cuando se propone ser algo, de alcanzar sus metas y hacer realidad sus sueños. Esos sueños vistos en la mareación del ayahuasca, en ese mundo especial donde las visiones, muchas veces son miradas al futuro, de aquello que va a pasar.
En las cuatro horas que dura el efecto de la soga, quien ingiere la pócima también puede alcanzar la sanación de sus males. El chamán quien con su experiencia ha ido llevando alivio a gentes de muchos pueblos, cuenta lo vivido con la satisfacción de haber hecho posible la cura. Eso, dice, es muy gratificante.
Pero lo más importante de todo esto, es que Arturo no es uno de esos petulantes que ni bien alcanzan un modesto título tratan de ignorar sus orígenes y hasta cambiarse de apellido. Izquierdo, en eso es bien derecho. Está orgulloso de su origen, de su raza y por eso estudia, para volver a su comunidad a ser el mejor intérprete de las necesidades de su pueblo, erigirse en la voz de sus hermanos y hacer ver a las autoridades, como en una visión de ayahuasca, la realidad por la que atraviesan, no sólo ellos, sino los demás pueblos olvidados del Perú.





