Por: José Álvarez Alonso
Desde hace años he escuchado a diversos expertos llamar la atención sobre la erosión genética que se está produciendo en los bosques amazónicos peruanos debido a la extracción selectiva de árboles con las mejores características. Suelen poner como ejemplo la tala del aguaje para cosecha de sus frutos. No le di mucha importancia porque juzgaba que, en la inmensidad de los aguajales de la Amazonía peruana, con sus miles de millones de palmeras, no me parecía que la tala de unos cuantos miles pudiese tener un impacto significativo. Craso error.
Revisando los resultados de algunas investigaciones recientes he visto que, al menos en un caso, el impacto de esa presunta erosión genética ya podemos afirmar que es significativo: se trata del caso del aguaje ‘shambo’, esa variedad del fruto del aguaje, tan apreciada por las y los aficionados al consumo directo de esta deliciosa y nutritiva fruta, sobre todo en Iquitos y otras ciudades amazónicas. El aguaje shambo, con su llamativo color amarillo intenso, casi naranja, y su textura cremosa ‘huira huira’, ha sido el más buscado por los cosechadores de aguaje desde hace décadas, de modo que cada vez es más difícil encontrar palmeras que produzcan esta variedad, lo que se traduce en mayores precios en el mercado, y más incentivos para seguir buscándolo cada vez más lejos.
Según me han comentado algunos indígenas, los aguajes shambo son también los más buscados por la fauna silvestre, sobre todo sachavacas, sajinos, huanganas y añujes. La preferencia por esta variedad no es de extrañar, y se debe a la abundancia relativa de ciertos micronutrientes: Según un estudio bastante reciente sobre los morfotipos ‘amarillo’, ‘color y ‘shambo’, este último presentó niveles significativamente más altos que los otros dos de antioxidantes (fenoles totales, flavonoides), de actividad captadora de radicales DPPH y de carotenoides (Best et al. 2020). De acuerdo con otro estudio, la variedad ’shambo’ suele ser la más valorada y apreciada para aplicaciones industriales, particularmente para la producción de cosméticos y suplementos alimenticios (Guerrero 2019). Y según un estudio preliminar todavía no publicado realizado en Perú al que he tenido acceso, solo el aguaje shambo alcanza el nivel de betacarotenos requerido para ciertos productos cosméticos actualmente en el mercado. Ahora que la demanda internacional de derivados del aguaje crece de forma tan impresionante, es clave manejar más sosteniblemente este estratégico recurso.
Hay que tener en cuenta que la industria de los aceites cosméticos, donde la presencia de carotenoides y antioxidantes naturales es clave, es una de las que más rápido crece en el sector de la bioeconomía. Actualmente mueve a nivel global más de 30 mil millones de dólares al año, en comparación con el sector de los antioxidantes naturales, tan de moda, que factura menos de 3 mil millones. Todavía no sé de ningún estudio que compare de forma similar la presencia relativa en los distintos morfotipos de aguaje de los fitoestrógenos, otro principio bioactivo que promete disparar la demanda de sus subproductos en mercados internacionales, luego de los estudios de investigadores japoneses que demuestran sus beneficios para las mujeres (Shimoda et al. 2019; Takara et al. 2020).
Cuando pregunté a los pobladores de la comunidad 20 de Enero, en la cuenca del Yanayacu Pucate, qué porcentaje de aguajes en su zona daban fruta de la variedad shambo, me comentaron que no más del 3 al 5 %. ¡Y eso!, me recalcaron. Porque en zonas más accesibles era más bajo todavía. Hay que tener en cuenta que esa comunidad lleva manejando aguaje (es decir, cosechándolo sin talarlo) más de 25 años. Otras comunidades siguen hasta ahora talando la palmera del aguaje para cosechar los frutos, lo que quiere decir que el porcentaje de aguaje shambo debe ser todavía más bajo.
Un día vi que don Modesto Zamora, uno de los más antiguos pobladores de 20 de Enero, había sacado dos sacos de aguaje shambo de gran tamaño; le pregunté de qué distancia, y me dijo que había tenido que caminar unas dos horas al centro ‘desde el canto de la quebrada’, a casi una hora en peque peque de la comunidad. Pero me comentó que valía la pena el esfuerzo, porque el precio en el mercado de Nauta de esa calidad llegaba a los 80 a 90 soles el “cuartillo” (saco de unos 40 kg), cuando por el aguaje común máximo les pagaban a 30 o 35 soles en el mejor de los casos.
Como se sabe, pese al número de proyectos que han promovido el uso de subidores para cosecha sostenible del aguaje, en Loreto se siguen talando miles de palmeras (más de 200 mil al año, según algunos estudios), para abastecer los mercados tanto de Iquitos como de otras ciudades, incluyendo Lima, donde se vende tanto como fruta fresca en algunos mercados como diversos derivados (pulpa, aceite, harina, helados).
Otro ejemplo de posible erosión genética es la cosecha del fruto del camu camu arbóreo (Myrciaria floribunda), que como se sabe, no crece en las orillas de caños y cochas como es el caso del camu camu arbustivo (M. dubia), sino dentro del bosque inundable en ciertas tahuampas. Debido a que tiene un porte bastante alto, no es posible la cosecha de frutos desde el suelo o desde la canoa como en el arbustivo, y se está extendiendo una práctica destructiva de cosecha de triste recordación: la poda de las ramas. Aunque no he verificado que se estén talando árboles como en el caso del aguaje, la mutilación del árbol lo debilita y puede conducirlo a la muerte.
La tala de árboles para cosechar el fruto, las hojas, u otras partes (por ej. exudados como el copal, o aceites) no se restringe al aguaje. También afecta al ungurahui (Oenocarpus bataua), a las palmeras del género Attalea (shebón, shapaja), que con frecuencia son derribadas para cosechar las hojas para techar, a la piasaba (Aphandra natalia), de las que se extrae una fibra para fabricar escobas, e incluso al irapay (Lepidocaryum tenue) y la yarina, también taladas para cosechar sus hojas, pese a su bajo porte. También son derribados con frecuencia el copal (Protium spp.), en este caso para cosecha de la resina, y la copaiba (Copaifera sp.), para extraer el aceite. El palo de rosa (Aniba rosaeodora) fue talado masivamente en la década del 50, 60 y principios de los 70 del siglo pasado, hasta que fue prohibida su explotación de bosques naturales porque estaba siendo llevado a la extinción. Hoy está en el Apéndice ii de la CITES (Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres), y solo se permite la comercialización del valioso aceite, ingrediente de perfumes de alta gama como Chanel N° 5, si proviene de plantaciones certificadas.
También la tala de árboles de maderas más finas ha significado una gran merma del acervo genético de los bosques amazónicos, especialmente de las especies más explotadas como caoba, cedro, ishpingo y, últimamente, shihuahuaco y algunas otras maderas duras, que son ya bastante raras en los bosques más accesibles.
Si aspiramos a conservar productivamente y poner en el mayor valor posible los bosques amazónicos deberíamos abordar el problema de la erosión genética antes de que el daño sea irreversible.





