Para el Perú, la caída de «Artemio» ha sido celebrada como una victoria, quien sabe la última, la más esperada para extinguir el terrorismo de nuestro país. Desde la perspectiva de personajes identificados con la derecha hasta representantes de la izquierda, la captura del llamado último mando de sendero luminoso, significa haber logrado ese algo largamente ansiado: Dar el golpe final al último reducto de aquellos sanguinarios criminales que sembraron el terror en el país bajo el liderazgo de Abimael Guzmán.
Un constante trabajo de inteligencia e incursiones de la policía nacional y de nuestro ejército, luego de muertes de cientos de oficiales, soldados y policías, perpetradas por manos criminales, ha dado el fruto esperado, la captura de uno de los más peligroso sediciosos quien, en complicidad con el narcotráfico, seguía sembrando el terror en el Vrae y en conocidos pueblos sanmartinenses ubicados en la zona roja.
Ahora toca persuadir, de toda forma, a los seguidores del alicaído sendero luminoso a deponer las armas, a ponerse en manos de la justicia, a denunciar la alianza del terror y el narcotráfico, para así volver a ser un país pacífico y trabajador.
Con esta captura, el Perú abre grandes posibilidades a los pobladores de esas latitudes, que teniendo tierras fértiles han desperdiciado por años la riqueza del suelo en el sembrado de la coca.
Los grandes empresarios, no sólo nacionales, sino extranjeros, han vuelto su mirada a esta patria desangrada, buscando con sus inversiones, curar sus heridas.