Fue el Gran Mariscal del Perú, Don Ramón Castilla y Marquesado, quien con gran visión futurista determinó brindar protección al aún naciente caserío llamado Iquitos, que se levanta a la vera izquierda del Amazonas. Luego, por su magnífica ubicación, en la dorada época del caucho y el palo rosa, pasó a ser el punto de llegada de los barcos provenientes de Europa. Iquitos había desplazado a la histórica Nauta.
Desde entonces, ha tenido una agitada vida de cambios. Iquitos, hasta los años 60 del siglo pasado era una réplica, en menor escala, de una modesta ciudad europea. Los más recientes años han sido por demás preocupantes. Por lo bueno y por lo malo que ha acogido en su seno, Iquitos es una ciudad emblemática entre los pueblos de nuestra Amazonía, mas no en el Perú, porque lo consideran como un destino donde muchos creen que todavía circulan serpientes, lagartos y monos. Aquí se formaron bandas de narcotraficantes que operaban con toda libertad y donde con gran desparpajo exhibían sus riquezas mal habidas. Hoy la delincuencia muestra índices alarmantes que han puesto en sobresalto al vecindario. En sus calles hay asaltos y robos a mano armada.
Como ciudad se ha estancado en la década del 50 del siglo XX. Para su actual población que bordea los quinientos mil habitantes, las plantas de agua potable y luz eléctrica son incapaces de satisfacer la demanda existente
Iquitos cumplirá 149 años de fundada, según fue establecido durante el gobierno del Presidente Fernando Belaúnde Terry, tomando como fecha de fundación la llegada de los barcos enviados por Castilla.
Por desgracia no tenemos nada que celebrar, porque no hay nada que trascienda la vida cotidiana, a menos que sean motivos de celebración, el haberse convertido en un basural, tener pistas rotas, caos vehicular, un excesivo parque automotor que la han convertido en una de las ciudades más ruidosas del mundo.





