Se ha vuelto un factor común, que conforme avanzan los días para la realización de los próximos comicios electorales, los políticos que buscan competir en dicho certamen, comienzan a utilizar todo tipo de maniobras para eliminar a sus contendores en la citada justa; llegando al extremo de invertir considerables sumas en el pago a informantes que escarban en la vida de los contendores, que presentan mayor cobertura de aceptación ante el electorado.
Sin temor a equivocarnos, nos permitimos afirmar que tal práctica forma parte ya de la mayoría de tácticas que se emplean para anular las posibilidades de los candidatos opositores, bajo formas que en el Perú tiene amplio crédito. Tales formas conocidas más comúnmente como chismes, hacen que las cosas no salgan como se desearía, y antes bien propician otros chismes de mayor dimensión que desnaturalizan un proceso que debería ser serio y ecuánime en procura de un acto realmente democrático.
Sin duda parecerá un libreto truculento arrancado de las páginas de un panfleto mal elaborado, pero la cosa es así, sólo recordemos que desde el triunfo de un candidato que llegó triunfante, su ocasional rival, se dio a la tarea de satanizar al vencedor, enrostrándole actitudes negativas y provocando por todos los medios, hasta los más pueriles, la revocatoria del cargo otorgado por decisión de la población nacional.
Pese a que han transcurrido casi cinco años de mandato presidencial, el derrotado candidato vuelve a la carga, cada vez amparado en pedidos de su bancada, solicitando la vacancia del presidente, como siempre bajo artilugios sin base que demuestran su escasa o ninguna cualidad para gobernar.
Así, bajo el influjo del sistema o por decirlo más subliminalmente, la cultura del chisme, la crítica y el insulto, se ha entronizado en el ámbito político, precisamente en época de elecciones, dando un triste matiz a una jornada que debería ser seria e ilustrativa para que sirva de ejemplo a las generaciones futuras que tendrán la responsabilidad de guiar los destinos del país en su momento.
Desde ya, tenemos que decirlo, el lenguaje quisquilloso y ramplón denostando al rival ya pasó al insulto rastrero y soez, mezclado con epítetos que distan mucho del lenguaje que debe manejar un líder político con ansía de ser una legítima autoridad política. Por eso creemos que tales elementos deben ser eliminados de la temática electoral que se avecina.






