Con una emotiva semblanza, la iglesia católica en la ciudad de Iquitos recordó al padre español Maximino Cerezo Barredo, quien falleció el viernes 20 del presente mes en Madrid, España. Muchas de las personas que le conocieron durante su estadía en Iquitos, entre los años 1980 y 2000, reconocen la gran labor evangelizadora y artística que dejó como legado en la Amazonía peruana.
El sacerdote y artista asturiano, fallecido a los 93 años, fue uno de los máximos referentes del arte ligado intrínsecamente a los pobres. Sus murales constituyeron una expresión profundamente contestataria frente a las desigualdades e injusticias que sufren a diario los más desvalidos, lo que le valió ser considerado “el muralista de la Teología de la Liberación”, corriente teológica surgida en la década de 1960 en Latinoamérica.


El Perú fue uno de los países que marcó decisivamente su vida artística. Fue un punto de inflexión que lo llevó a retomar la pintura luego de observar, con especial detenimiento, la escena de una mujer humilde de la serranía que encendía una vela ante un mural que él había pintado. La imagen era una escena cotidiana en la sierra peruana que cobijaba el dolor de una madre frente a la pérdida de su pequeño hijo. Es allí donde reafirma que su arte llegaba a los más pobres y que debía seguir evangelizando a través de la pintura.
En la ciudad de Iquitos se pueden apreciar sus obras en las iglesias de la comunidad de San Juan Bautista y San Agustín; en el frontis del colegio agustino, frente a la Plaza 28 de Julio; y en los interiores de la Biblioteca Amazónica. Asimismo, algunas de sus pinturas se exhiben en casas de familias iquiteñas y en el comedor de los padres agustinos. También dejó escritos en historietas del Buchisapillo, aportes gráficos y de diagramación para Memoria de un Pueblo, y fue autor del libro Selva de Hombres. Sin embargo, uno de sus mayores aportes culturales no solo para la Amazonía, sino para el Perú y el hemisferio, fue el diseño y la remodelación de la Biblioteca Amazónica, considerada la segunda más importante de Latinoamérica en temas amazónicos, ubicada en el malecón de la ciudad de Iquitos.
Alejandra Schindler, educadora y gestora cultural, lo recuerda con profundo aprecio: “Mino fue una persona muy amorosa y generosa, dedicada al arte. Era muy exigente consigo mismo y minucioso en todo lo que emprendía. Además, fue un gran maestro, porque enseñaba artes gráficas a todos los que trabajaban en el Centro de Estudios Teológicos de la Amazonía. Lo conocí siendo muy joven, en la casa de retiro de Kanatari, durante un encuentro al que él llegó desde Juanjui. El padre Joaquín García lo invitaba siempre a venir en el mes de diciembre o cada vez que Kanatari tenía una edición especial. Fue muy perfeccionista en los diseños arquitectónicos de la iglesia de San Juan Bautista y de la Biblioteca Amazónica, desde la puerta de entrada, las escaleras, los muebles y vitrales, hasta las lámparas”.
El reconocido documentalista visual Sami Weisselberger también expresó su pesar: “Maximino fue un artista extraordinario y profundamente sensible. Iquitos tiene una gran cantidad de obras que lo recordarán por siempre. Supo capturar la esencia del hombre y la mujer amazónicos: su fuerza, resiliencia y necesidades, como solo él supo hacerlo a través de sus ilustraciones, diseños y gráficos. Tuve la suerte de conocerlo en sus innumerables visitas a Iquitos y compartir con él muchos momentos de conversación sobre el arte y la comunicación. Será difícil asumir que no volverá a esta tierra que tanto quería y donde era feliz. Solo espero que la ciudad le dedique algún reconocimiento a quien iluminó, graficó, diseñó y puso en valor la cultura de nuestros pueblos originarios. Ojalá que algún día esas obras las miremos como las que son: un reflejo de cómo nos vemos, somos y sentimos los amazónicos, especialmente los auténticos dueños del bosque y los ríos. Un gran abrazo a un artista que trascendió y vivirá entre nosotros por su calidad humana y por ser un auténtico evangelizador de los pueblos originarios”.
Por su parte, el talentoso pintor Christian Bendayán, señaló: “Maximino fue un defensor de la Amazonía y de los pueblos indígenas. Creyó firmemente en el valor de su cultura y creencias; por ello, en su gran mural que rodea todo el interior de la iglesia de San Juan de Iquitos inaugurada durante la visita del papa Juan Pablo II, representa la historia de la humanidad, inicia con escenas del mito de origen tupí guaraní. Fue el principal artista de la doctrina social cristiana en Latinoamérica. No solo luchó desde el pincel, también lideró protestas y se sumó a revoluciones. Fue un valiente e incansable divulgador de la justicia de Dios, al punto que, cuando tuvo que cuestionar la indiferencia y los abusos cometidos por la Iglesia, no dudó en hacerlo”.
Con la partida de Maximino Cerezo Barredo perdemos al “maestro de los murales que interpelan”. Con su arte quiso hacer comprensible el Evangelio y llegar a cada amazónico en la búsqueda de un mundo más justo. Esperemos que su obra siga trascendiendo y se convierta en un punto de reflexión para derribar la resistencia de directores y docentes, sobre todo en colegios religiosos, de modo que los estudiantes crezcan aprendiendo la historia de la Amazonía y de los hombres que la construyeron, como Mino. Es injusto que tan pocas personas conozcan el legado que nos dejó.
Jorge Linares.






