Por: José Álvarez Alonso
El motelo es un animal muy popular en la selva peruana. Multitud de historias, anécdotas, dichos y creencias rodean a esta tortuga amazónica, amén de recetas de cocina, ya que es un componente de la gastronomía regional. Especial fama tiene el hígado de motelo, que a decir de algunos sibaritas compite con el mejor paté de ganso. No lo he probado nunca, la verdad, aunque sí su carne, que no me pareció particularmente sabrosa.
El motelo de la selva baja (Chelonoides denticulatus, anteriormente Geochelone d.) no está en la lista de especies de animales silvestres amenazados del Perú, a diferencia del motelo de selva alta, el motelo o tortuga de patas rojas (Ch. carbonaria), que está en situación vulnerable. Sin embargo, no está permitida su comercialización, ya que solo las comunidades locales pueden aprovechar con fines de subsistencia los animales silvestres que no están amenazados. Solo estaría permitida su comercialización si proviene de planes de manejo o de zoocriaderos aprobados por la autoridad forestal competente.
El motelo, si bien sufre desde hace años una intensa presión de caza en toda la selva, tiene una ventaja sobe los quelonios acuáticos, taricaya, charapa y cupiso: el lugar donde hacen la puesta de los huevos no está restringido a playas fluviales durante la época de vaciante, como ocurre con las tortugas acuáticas, lo que facilita enormemente la depredación de los huevos por los humanos y los no humanos, sino que los depositan de forma dispersa por el bosque. El motelo adulto tiene pocos depredadores fuera del ser humano, ya que tanto el jaguar o el puma solo pueden partir su caparazón cuando son jóvenes.
Se escucha en las comunidades que los motelos pueden aguantar privaciones y situaciones extremas: por ejemplo, hay la creencia de que si le cae un árbol encima de un motelo puede esperar tranquilamente a que se pudra para salir caminando tan campante. A un poblador de la comunidad de Libertad, en el bajo Tigre, le llamaban “Motelo” porque quedó parcialmente “apretado” por un árbol derribado por un ventarrón en su campamento de mitayero, y aguantó varios días tomando juntando agua de lluvia con la mano que le quedó libre, hasta que consiguieron encontrarlo y rescatarlo. El cambio climático también juega en contra de estos resilientes animales: en “veranos” muy fuertes, cuando solo se mantienen con agua de las quebradas más grandes, los motelos se ven obligados a buscar esos cursos de agua, donde los mitayeros más curtidos saben que es fácil encontrarlos y los salen a buscar.
¿Por qué entonces no se debe promover su caza y comercialización?
Aunque no es muy susceptible a ser sobrecazado, por su comportamiento discreto y por sus hábitos reproductivos, el motelo ha visto muy reducidas sus poblaciones por su biología: según los expertos, alcanza la madurez sexual recién entre los 12 y 15 años, y la puesta de huevos es relativamente pequeña: entre 6 y 22 huevos por puesta (generalmente entre 8 y 16). Un número bien bajo si comparamos esas cifras con las de las taricayas, por ejemplo, que tiene un promedio de 30 a 35 huevos por nidada en la Reserva Nacional Pacaya Samiria (un poco más bajo en otras cuencas).
Además, los cazadores han ideado estrategias para atrapar a los esquivos motelos: los buscan cerca de árboles frutales que saben los atraen (los uvos son famosos por eso) y, como saben de su gusto por la carne en descomposición, instalan trampas para atraerlos. Las que he visto constan de un hueco de más de un metro de profundidad, con el fondo más ancho que la abertura de la entrada. Sobre él cuelgan a poca altura carne de animales silvestres, si son pequeños enteros, si son grandes, una pieza. Los motelos, que tienen buen olfato pero mala vista, son atraídos por el aroma y terminan cayendo al hueco. Como la carne se pudre rápido y es además rápidamente encontrada por gallinazos y rinahuis, uno de los “empates” preferidos para trampa de motelo son los caimanes, que por tener un duro cuero resisten más días atrayendo a los pobres quelonios.
El motelo es un clásico “calzón pascana” en campamentos de madereros en cabeceras, donde por permanecer por meses no hay muchas alternativas para llevar de regalo a sus parejas cuando retornan al pueblo o a la ciudad. Los motelos capturados son guardados vivos en cercos de palos bien clavados en el suelo, donde les alimentan con chonta o algún huayo silvestre hasta que el lisonjero planifica una visita a su hogar. Los más antiguos mitayeros y madereros saben a qué hace alusión el tradicional “calzón pascana”…
Un artículo científico recientemente publicado (Strong et al., Biotropica 57(4) 2025) describe el importante rol que este animal cumple en la dispersión de semillas y la regeneración de los bosques amazónicos, papel comparable con el del tapir o sachaca, que tiene un peso decenas de veces mayor. Según los autores, que pusieron radiotransmisores a un número de motelos en Brasil, los animales se mueven una media de 103 m al día, generando una “curva de sombra de semillas” (patrón que parte del árbol frutal en todas direcciones) que alcanza su máximo a los 300-400 m pero que puede llegar hasta más de un km del árbol padre. Los investigadores concluyen que el humilde motelo es un elemento clave en el ecosistema amazónico.
En estas semanas pasadas, cuando estuve visitando varios aguajales con investigadores de universidades norteamericanas, pude observar y fotografiar un patrón cada vez más común en nuestra selva: miles de frutos y semillas pudriéndose debajo del árbol padre. Si la fauna silvestre estuviese bien manejada, estas semillas habrían sido dispersadas en todas direcciones. No es el caso en nuestra Amazonía, y la probabilidad de que una llegue a producir un árbol debajo del árbol padre es casi nula, salvo que el árbol caiga o alguien lo corte, claro.
Manejar bien la fauna silvestre es no solo una decisión inteligente para la seguridad alimentaria de las poblaciones amazónicas, sino para la sostenibilidad del bosque.





