– Creo Señor, pero aumenta mi fe y compromiso. En toda la Iglesia Universal se celebró:
Por: Adolfo Ramírez del Aguila
Celebramos el «Día Internacional de la Mujer» para valorar al género femenino porque preferimos una sociedad muy machista. El «Día del Planeta» para valorar aquello que estamos destruyéndolo, porque preferimos el progreso a cualquier costo. El «Día de la Canción Criolla» para valorar aquello que es nuestro porque preferimos el extranjerizante Hallowen. Celebramos el «Día del No Nacido» para valorar la vida en sus inicios porque preferimos el aborto, etc.
El calendario está lleno de estas celebraciones de todo tipo, como buscando un momento de reflexión, sobre aquello que no estamos valorando adecuadamente o trágicamente lo estamos perdiendo. Eso sucede actualmente con nuestra Fe cristiana, o estamos perdiéndola o simplemente no le estamos dando la importancia debida; o lo peor, la estamos manipulándola. Se hizo pertinente un momento especial en el devenir de la historia de la Iglesia para la toma de conciencia de la importancia de la Fe. Es por eso que el entonces papa Benedicto XVI, convocó de noviembre del 2012 a noviembre del 2013 para celebrar «el Año de la Fe», para así de esa forma valorar de una manera muy consciente, la presencia viva de Cristo en la única historia humana en donde se da la Salvación.
La Iglesia universal, en consecuencia, acaba de clausurar el pasado domingo 24 de noviembre, ese «Año de la Fe» convocada por Benedicto y continuada por Francisco, coincidiendo maravillosamente con la solemnidad de la «Fiesta de Cristo Rey». En Iquitos, el Obispo Oloartúa, ofició una Eucaristía muy solemne, para celebrar con alegría el fin de un año lleno de vivencias de fe y fraternidad cristiana, en Grupos de Amistad. En Roma, el Papa Francisco, ofició también una celebración muy emotiva en la plaza de San Pedro del Vaticano, ante una congregación de miles de fieles venidos del fin del mundo. El papa aprovechó la ocasión, para presentar su primera Exhortación Apostólica «Evangelii Gaudium» (la alegría del Evangelio) que estaremos comentando en otra oportunidad.
Si usted amigo lector, se considera creyente y le da mucha importancia en su vida a la Fe cristiana, haga un balance del grado de profundidad y compromiso que implica su creencia en Jesús muerto y resucitado. Si al contrario, usted habiendo sido bautizado ha perdido la fe, haga un balance del por qué esa espiritualidad se ha vuelto estéril. Pero si usted amigo lector es agnóstico, o sea no le interesa el asunto de Dios ni de su Iglesia, haga un balance si usted es feliz o no con su calidad de vida; si está feliz, Dios comparte su felicidad, pero si está infeliz, Dios le mira con ternura esperando el momento para manifestarse amoroso.
Pero si usted es un ateo convicto y confeso, o sea no cree en Dios, le invito a identificar si es ateo teórico, ateo práctico o ateo de hecho. El ateo teórico es aquel que dice no creer en Dios pero en los hechos vive según los valores del Reino de Dios, es justo, bondadoso y solidario. El ateo práctico por el contrario, dice creer en Dios, va al culto, se confiesa, asiste a grupos de iglesia, pero sin embargo a la hora de testificar los valores del Reino de Dios, lo niega con sus hechos, es injusto, malvado e individualista. El ateo de hecho, es aquel que dice no creer en Dios y tampoco vive los valores del Reino. De estos tres casos de ateísmo, el segundo es el más preocupante para los presupuestos del Reino de Dios y su Iglesia, porque no hay coherencia de Fe y vida, es un ateísmo muy común entre los «creyentes».
De todos los casos sin excepción, Dios Padre misericordioso derrama su amor filial a todos sus hijos sin ningún tipo de discriminación, así sean alejados, indiferentes o ateos. Dios es como un «papito» amoroso que quiere a todos sus hijos a pesar que hayan salido rebeldes, desobedientes, haraganes o ingratos; a todos los protege, a todos los apoya y sabe esperar el preciso momento pata orientarlos con amor. Así es nuestro Padre Dios, que creó los cielos y la tierra para justos y pecadores; que nos envió a su Hijo Único para salvar tanto a los malos como a los que nos creemos buenos; que murió y resucitó para llevarnos a todos al cielo. Ese es el Dios de nuestra fe, nos invita a hacer realidad su Reino aquí en la tierra como en el cielo; y que el pan de cada día sea mío, tuyo, pero mejor nuestro repartido en justicia; que su perdón nos regala porque ya hemos perdonado al hermano; que el mal lo permite para respetar nuestra libertad hasta de cometer errores y horrores. ¡Qué buen Padre, mejor, qué buena madre es nuestro Dios!
Que el nuevo Año Litúrgico que empieza este 1 de diciembre (Primer Domingo de Adviento) sea también un nuevo «Año de la Fe», no por declaración, sino por convicción; que todos juntos construyamos desde esa fe, una Iglesia loretana de Comunión y Participación real, y una Amazonía más humana, más justa y más solidaria. Amén.





