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Dios y el oro negro

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– Una reflexión para una fe cristiana más comprometida con la creación:

Por: Adolfo Ramírez del Águila (arda1982@yahoo.es)

Nuestros hermanos nativos, dueños y guardianes de esta inmensa y vasta hoya amazónica, están nuevamente a punto de tomar acciones radicales para ser escuchados en sus demandas.
Asociaciones indígenas de todas las cuencas y ríos, como la Federación del Pastaza, por ejemplo, están dando un plazo -hasta el 16 de Junio- para que los presidentes Ollanta Humala e Iván Vásquez (o el accesitario), resuelvan inmediatamente el problema de la falta de agua y alimentos que están padeciendo, debido a que sus ríos, suelos y subsuelos llegaron a niveles extremos de contaminación por la irracional explotación petrolera en esas zonas. Si la genocida indiferencia continúa, la historia se repetirá con un nuevo «baguazo».
Y pensar que mientras estas situaciones extremas se está dando en el interior de nuestra región, los iquiteños estamos más pendientes de los inicios del mundial o de las campañas electorales con dimes y diretes de siempre, mostrando nuestra total indiferencia  citadina con el destino de nuestros hermanos nativos.
Los iquiteños, nos sentimos a gusto con que nos hagan obras y más obras, a veces mal hechas; nos enorgullecemos con el reasfaltado de  nuestras calles, sin importarnos el costo medioambiental que implica toda obra en Loreto; porque valgan verdades, todo huele a petróleo, ya que estas obras son financiadas con el dinero del canon que arroja mensualmente la explotación del oro negro amazónico.
Recuerdo que en un artículo de opinión publicado en este mismo diario del 04/09/2013  titulado: «Profesionales del petróleo» José Grocio Navarro, planteaba que Iquitos y la Amazonía en general, tiene la dinámica económica que tiene,  gracias al petróleo;  tiene los profesionales que tiene, gracias a los centros superiores loretanos, todos financiados con el canon petrolero;  todo huele a petróleo por donde vayamos, concluía el articulista.
Nuestros templos, aparentemente no huelen a petróleo y por eso quizá los creyentes mostramos indiferencia a lo que pasa con el medio ambiente; nuestra espiritualidad es tan celestial, que nos olvidamos de lo terrenal. Sin embargo, las Iglesias, estamos llamadas a defender la creación, creación entendida no como ese paraje perdido en el jardín del Edén (Génesis 3), sino a esta hermosa casa del Dios del Amor, maravilla natural del mundo. Este Jardín encontrado hace miles de años por nuestros ancestros Candoshis, Moratos, Quichuas de la cuenca del Pastaza es actualmente destruida por las empresas petroleras en complicidad con las autoridades regionales y nacionales.
Los miembros de las iglesias, entonces, entendidas como comunidades de creyentes, estamos llamados a identificarnos con el destino de la creación, denunciando proféticamente la avaricia de aquellos que ven solo oro negro convertido a billetes verdes en esta hoya amazónica. Para nuestros nativos y para nuestra fe misma, este verdor es sagrado porque tiene vida y da vida. Nuestro obispo de Iquitos, Monseñor Miguel Olaortua, en una profunda carta a la conciencia, escribió al inicio de este año un llamando a las partes para asumir con más responsabilidad social y ética la explotación de nuestros recursos naturales que Dios nos entregó.
Permítame, amable lector, plantear que hasta los bienes eclesiales huelen a petróleo. Explico tamaña herejía. Cualquier mortal común y corriente, puede verificar que la Iglesia Católica, Evangélica y demás confesiones cristianas en la Selva peruana, poseen no solo bienes espirituales, que es su mayor legado, sino poseen también bienes materiales, como templos, colegios, coliseos, centros recreacionales, casas de retiros, edificios, autos, motos, radios, televisoras, cuentas y acciones en los bancos,  donaciones extranjeras en euros y dólares, etc. Todos estos bienes materiales, están al servicio de su misión evangelizadora.
Las Iglesias poseen estos bienes materiales, gracias a las donaciones de sus fieles, en especial de aquellos que viven en Europa y Estados Unidos. Sin embargo,  en esta última década, las donaciones extranjeras de creyentes e instituciones solidarias con «el tercer mundo», o sea con nosotros, ya no aportan como antes, ahora priorizan a misiones en África y Asia. Construir un templo en Iquitos, hoy en día, requiere recurrir a apoyos financieros del GOREL o de los Municipios. Generosamente o por algún interés, los funcionarios no niegan a las Iglesias y destinan fondos del canon petrolero para embellecer sus edificaciones. En ese sentido, sí podríamos decir que un templo muy bonito, huele a petróleo, y en buena hora que así lo sea, para que las Iglesias se comprometan con el destino de estas tierras loretanas que actualmente están siendo devastadas. La avaricia es un pecado capital, y desde los púlpitos hay que anunciar y denunciar, así ese púlpito haya sido construido con una «donación» de los gobernantes.
Los creyentes en estas tierras de la yuca brava, deberíamos de encarnarnos un poquito más para no pecar por omisión y dejar de ser cómplices de esta destrucción ecológica; es hora de asumir una conciencia más profética y más bíblica. Recuerdo que el año pasado nos visitó  el fraile franciscano Joe Rozansky para dar una charla magistral sobre «San Francisco de Asís, una opción por la vida y la justicia ambiental» y nos retó a todos los loretanos, creyentes y no creyentes, a asumir una defensa cerrada de la creación contra toda acción que surja de corazones autodestructivos, que solo ven ganancias y no responsabilidades éticas frente a ella.
Ya es hora entonces, que los creyentes nos bajemos de nuestras nubes doctrinales y nos sintamos co-participes de los beneficios que nos traen los recursos naturales amazónicos, pero también de las responsabilidades que implican. Joe Rozansky nos retó a los creyentes a utilizar todo el poder ético moral del cual hacemos gala,  para dialogar y evangelizar también a los gerentes y dueños de las petroleras, para que asuman una nueva actitud bio-empresarial ante la creación.
En buena hora que nuestros bienes eclesiales huelan a petróleo, a madera, a cemento, a sudor de trabajadores, a Amazonía, para que cuando entremos a nuestros elegantes altares, no nos olvidemos del drama que viven actualmente nuestros hermanos indígenas del Pastaza y asumamos un compromiso militante con la creación,  porque de eso, el Hijo del hombre nos va a pedir cuentas en el Juicio Final: «tuve hambre y sed, porque las petroleras destruyeron mi ecosistema, y me diste de comer y de beber» (Mateo 25, 35). Amén.

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