- Autoridades deben poner más atención a campos santos.
- En uno salen los ataúdes y en otro, se pasean los “alucinados”.


Aún era menor de edad cuando fui al sepulcro de una tía querida (Zoilita Sánchez) en el cementerio “La Inmaculada” de Punchana. En aquel entonces, todavía se podía encontrar un sendero para caminar, ahora todo está lleno de maleza.
A pesar del gran dolor, sabíamos que el cuerpo de nuestro ser querido ya reposaba en paz. Hoy, dicho cementerio se encuentra totalmente olvidado. Las puertas del gran camposanto oxidadas y rotas, a su costado unas losetas con las letras de la Municipalidad Distrital de Punchana que no hacen más que demostrar el estado deplorable de dicho campo.
La gran Cruz Mayor a punto de ser tapada por la hierba crecida y que nadie se preocupa en cortarla. Los caminos son inciertos y el poder encontrar la tumba de alguien lo es aún más. Pues la mayoría ya no cuenta ni siquiera con sus cruces para poder distinguirlas, casi todas están rotas y despintadas. Al costado de la puerta posterior un estanque descuidado que ahora sirve de criadero de zancudos y botadero de botellas plásticas.
El escenario no mejora en la parte posterior del cementerio, tal y como si fuera una película de terror traída a la realidad, los ataúdes se dejan notar sin ningún esfuerzo y a lo lejos resalta una pequeña cruz que hace recordar que ese lugar tan olvidado y terrorífico sigue perteneciendo al cementerio de La Inmaculada.
A menos de un kilómetro, se encuentra un pequeño cementerio que no hace distinción entre el descanso eterno y el día a día con los moradores. Pues ahí la vida y la muerte se saludan a diario.
El pequeño cementerio de Versalles también acogió fallecidos por covid-19 y a pesar de eso, los vecinos parecen haberse olvidado que el virus llegó hasta su lugar pues la gran mayoría vive sin mascarillas.
Las autoridades parecen olvidarse de esos lugares luego de obtener el cargo deseado, usando como siempre su “caballito electoral”, es decir; las falsas promesas de mejorar su calidad de vida.
Promesas que descansan en el camposanto del olvido con la profunda esperanza que alguien pueda despertarlas.
(Textos y fotos: Micaela).





