El bullying en los colegios es un problema que exige mayor atención de las autoridades, los docentes y las familias. No podemos seguir viendo como algo normal que un niño sea humillado, golpeado, amenazado o excluido por sus compañeros. Detrás de cada agresión puede haber miedo, tristeza, aislamiento y consecuencias que afectan el desarrollo de un menor. La escuela debe ser un lugar seguro, no un espacio al que los estudiantes acudan con temor.
Las cifras deben encender las alarmas. Durante 2025 se registraron 317 reportes de presunta violencia escolar en Loreto y, en lo que va de 2026, ya se contabilizan 123. De estos últimos, 40 corresponden a la UGEL Maynas. No son números que debamos mirar con indiferencia. Aunque los reportes no equivalen necesariamente a casos confirmados, constituyen una señal que requiere investigación, prevención y seguimiento. ¿Estamos actuando con la rapidez y la firmeza necesarias para proteger a nuestros escolares?
El bullying no empieza necesariamente con un golpe. Puede comenzar con apodos ofensivos, burlas sobre la apariencia física, amenazas, discriminación o el aislamiento deliberado de un estudiante. Cuando estas conductas se repiten y se convierten en una forma de maltrato, sus consecuencias pueden ser graves. Por eso, no debemos esperar a que una agresión termine en una lesión física para intervenir. Prevenir significa reconocer las señales, escuchar a los menores y actuar antes de que el daño sea mayor.
La Gerencia Regional de Educación, las UGEL y las direcciones de los colegios deben asumir un compromiso efectivo. No basta con realizar charlas ocasionales o reaccionar cuando un caso se hace público. Se necesitan protocolos que funcionen, canales seguros para denunciar, atención oportuna a las víctimas, acompañamiento psicológico cuando sea necesario y seguimiento de cada situación reportada. También es indispensable que las autoridades informen periódicamente sobre las cifras, las medidas adoptadas y los resultados obtenidos, sin exponer la identidad ni la privacidad de los menores.
Las familias también tienen una responsabilidad fundamental. El respeto, la empatía y la tolerancia se aprenden desde casa, y los padres deben estar atentos a los cambios de conducta, el aislamiento, el miedo a asistir a clases o las señales de sufrimiento de sus hijos. Del mismo modo, es necesario enseñar a los estudiantes que reírse de la humillación de un compañero, compartir videos de una agresión o guardar silencio ante el maltrato contribuye a perpetuar el problema. El acoso también puede continuar en las redes sociales, por lo que la prevención debe extenderse al entorno digital.
Es momento de pasar de las palabras a los hechos. Las autoridades educativas deben convertir las cifras en acciones concretas, atender cada denuncia con seriedad y garantizar la protección de las víctimas. No podemos permitir que la violencia se convierta en parte de la vida escolar ni que los niños aprendan a convivir con el miedo. Combatir el bullying no es una tarea secundaria: es defender la integridad, la dignidad y el futuro de nuestros estudiantes.
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