Por: Víctor Villavicencio La Torre
Cada vez que un empresario quiere ejecutar una macro inversión orientada a dar valor a inmensas franjas de tierra improductiva, empiezan a escucharse las sempiternas voces de la disconformidad, cuando no los gritos destemplados anunciando un arboricidio o bosquicidio; todo ello en nombre de la protección del medio ambiente que antaño nadie solía defender. Puro y simple complejo de los expertos en pesimismo y anuncios catastróficos, quienes como el elefante que va caminando por la selva observa en el suelo un nido abandonado con varios huevos, se detiene, y compadecido de ellos, se sienta a empollarlos. No nos dejemos engañar por estos individuos que buscan inocularnos el virus del enanismo sin aceptar que los gigantes no son malos cuando los consumidores (es decir, todos) podemos transportarnos sobre sus hombros.
Con la palma aceitera suele ocurrir lo mismo. Dicen que es un monocultivo, que consume excesivos agroquímicos, que contamina suelos y cabecera de ríos, que es una amenaza para la biodiversidad porque la destruye, que genera poco empleo, que no es inclusiva, que existen otras opciones de desarrollo, que atenta contra espacios de conservación ecológica, que es una plaga maldita, que está dirigido por empresarios sin escrúpulos y explotadores, etc. En suma, una retahíla de expresiones que tienen como propósito ahuyentar y desalentar la inversión para mantener ese «statu quo» caracterizado por bolsones de pobreza, mientras los pájaros trinan y cantan, cual sonata, para alegrar la vida de aquellos que viven en hábitats que ya no cuentan con árboles en pie, sino con purmas extensas donde siembran productos que el mercado no desea o, que requiriéndolos, se transan bajo mecanismos perversos de intermediación donde los que ganan son otros y no el pobrecito chacarero.
En ese contexto es imperativo adoptar o fijar una posición política regional respecto de la promoción y fomento para con un cultivo que, habiendo demostrado tener alta rentabilidad, bien puede constituirse en una alternativa para sacar de la pobreza, postración y miseria a cientos o miles de campesinos gracias a la alianza entre el Estado y la inversión productiva. El primero de ellos garantiza el saneamiento legal de las tierras y ciertas condiciones básicas de conectividad, a la vez del empadronamiento de asociaciones agrarias o campesinos dispersos, correspondiéndole al sector privado la transferencia de tecnología amigable con el medio ambiente, capacitación técnica, industrialización de la materia prima, inclusión de los campesinos en esquemas societarios, búsqueda de mercados, entre otros.
Esta alianza debe sacar del juego político a esos Organismos No Gubernamentales que reciben y administran el dinero proveniente de países que, digámoslo, son los primeros en atentar contra el medio ambiente y la biodiversidad de muchas naciones en el mundo. Por años vienen cumpliendo eficientemente su labor de quinta columnistas para petardear cualquier política de desarrollo que no se ajuste a ese «statu» quo» que a ultranza defienden, sino…¿de dónde viene la plata?, porque valgan verdades, en este escenario y contradiciendo la frase célebre de un ex presidente de la República,………»la plata no viene sola». A estos notables «embajadores» se refería Juan Soregui en su artículo sobre el premio «El pájaro de oro y perla y sus cien mil dólares» otorgado por un RELATO EN NOMBRE DE LA TIERRA, donde el galardonado estampa su indignación en la cara de mecenas y asistentes con un discurso que lapida y desnuda las falsedades de estos personajes que circulan por instituciones públicas y diferentes CC.NN llevando su prédica libertaria y de redención ecuménica.
Uno de los primeros párrafos del relato, dice: «En nombre de mis hermanos indígenas y mestizos saludo a todos ustedes desde lo más profundo de la Amazonía para agradecerles y decirles que nuestro trabajo es de vital importancia para salvar el planeta azul en que vivimos». Tras una mudez y la mente en blanco, acompañado de un súbito desmayo, el orador se yergue y girando el sentido de su discurso expresa: «…..por eso, decía, debemos cambiar nuestro modo de actuar ya que nuestra conducta es indigna y totalmente hipócrita, ya que durante décadas el dinero donado por los mecenas aquí presentes ha ido a parar a nuestros bolsillos para mejorar nuestra calidad de vida y la de nuestros familiares, ganamos buenos y jugosos viáticos, realizamos permanentes viajes con suculentas bolsas económicas, tenemos automóviles modernos y trabajamos en modernas oficinas que se ubican en la urbes; ¿y qué hemos dado a cambio a nuestros bosquesinos?. Nada, solo palabras, revistas, afiches y diplomas. Ellos también son seres humanos como nosotros y necesitan compartir las comodidades y la tecnología del mundo actual». Continúa, «…sí, es la verdad, años que estuvimos gastando grandes cantidades de dinero y solo conseguimos crear más pobreza y confusión, fomentando la miseria y el asistencialismo, mientras nosotros nadamos en la abundancia, comemos en los mejores restaurantes, nos movilizamos en elegantes yates y nuestros hijos estudian en colegios y universidades particulares; ellos, nuestros hermanos nativos, viven sin tener acceso al bienestar que prometemos en nuestros papeles y en nuestros discursos. Hemos creado, pues, un modus vivendi con el dinero de los mecenas». Remata expresando, «esa es la realidad de 40 años de explotación que hicimos a nuestros hermanos de la Amazonía y que continuará si no paramos nuestra codicia, los hemos convertido en objeto de nuestros programas con el cuento de la protección de los bosques y el eco desarrollo. Estos indígenas que me acompañan han sido traídos con promesas y regalos, comprados por un puñado de dólares para dar un falso testimonio». Ante ello, los mecenas exclaman con ira, «años que nos han engañado. Si no es por el discurso de ese hombre arrepentido, seguiríamos subvencionando las lujosas vidas de esos comerciantes del ambiente».
A pesar de haber sido descubierto en su burda política de embaucamiento, el relato continúa narrando lo siguiente: «Una pequeña horda de defensores de la naturaleza sigue a los filántropos para convencerlos que algo insólito había ocurrido; algunos se jalan de los cabellos y otros recogen los pedazos de cheques de millones de dólares y euros que han sido rotos con furia por los millonarios benefactores. En la esquina del estrado, el grupo de indígenas traídos con engaños grita preguntando cómo se van a regresar, quien les dará lo ofrecido», mientras que a miles de kilómetros, un jefe indígena de la etnia de los Bora, tras culminar su viaje por el éter llevado por el ayahuasca, expresa con relajo y satisfacción: «Ya es hora que aprendan a respetarnos y tratarnos como seres humanos. Con el cuento del cuidado de los bosques se han hecho ricos, han instaurado una nueva forma de explotación, han utilizando a nuestros antecesores para vivir bien. ….Si quieren dar donaciones para la conservación del ambiente que lo hagan directamente con nosotros».
Lo dicho por Soregui, a quien por su artículo tildaron acremente de LENGUASAPA, debe ser tomado en su justa dimensión, a efectos de ir hacia una discusión técnica con la convicción de ser concluyentes que la palma aceitera es una herramienta de transformación e inclusión social, mucho más efectiva que la palabrería o verborrea que emplean esos «embajadores» del medio ambiente, y que debemos enterrar con la ejecución y puesta en marcha de proyectos impulsados por la inversión productiva. No olvidemos que entre el 2006 y el 2010 la brecha de pobreza urbano-rural aumentó de 1.7 veces a 3.0 veces, lo cual significa que seguimos fabricando pobres en el campo, por lo que excluir de la pobreza rural a ese 60% de peruanos, y en lo particular al 72% de loretanos, es el gran reto a vencer no solamente reforzando políticas sociales de mejora de la educación y mayor acceso en salud, sino también a través del indispensable incentivo a la inversión.
Y esa inversión, en cuanto pública, debe centrarse en el cierre de brechas aun existentes en electrificación, conectividad, irrigación, además de propiciar la titulación, asociatividad y el abrirnos hacia el comercio doméstico e internacional, mientras que la privada debe dirigirse hacia el financiamiento de actividades sostenibles en agricultura, turismo, minería, acuicultura, explotación forestal; todo ello enmarcado en técnicas modernas de uso de suelo, agua y aire, además de la constante incorporación de modelos de innovación avanzada que eleven rendimientos y productividad. Dentro de este escenario, una de esas Inversiones a impulsar la encontramos en la palma aceitera que quiere poner en valor miles de hectáreas desperdiciadas para que generen empleo masivo, divisas por exportación y reducción de importaciones, al margen de propiciar un progresivo, pero sostenido, proceso de industrialización que incremente los ingresos reales de los hombres del campo. Sin embargo, los guardianes socráticos del ambiente, que se oponen a todo, babean diciendo que la palma aceitera es un monocultivo que terminará arrasando nuestra valiosa biodiversidad y contaminará ríos, lagos y cochas, sin darse cuenta que el conservacionismo que pregonan intenta proteger algo que posiblemente ya no existe, y que solo el fanatismo que practican quiere convertir esas tierras de «incalculable valor» en una especie de santuario al cual debemos cuidar y acudir cargando nuestra pobreza y miseria en la esperanza de que un maná pronto caerá del cielo por obra y gracia divina.
Por ello, es urgente «marcar la cancha» para que este tipo de inversiones llegue en condiciones adecuadas y encuentre un clima de negocios que genere confianza, y donde las reglas de juego sean claras y estables. En ese apuro, el Estado debe fijarse como meta inmediata revisar las leyes que regulan la actividad agraria y forestal, para con ello arrancar las banderas «progres» que exhiben estos «caviares» del medio ambiente y dejar de ser pasivos espectadores de las acciones agresivas que desarrollan. La conclusión es que, entre el perro del hortelano que pregonaba el ex presidente García y la promesa de inclusión social del actual mandatario, encontremos un punto de convergencia que evite que la gente del campo, cansada de tantas promesas de cambio, termine incendiando la pradera y trayendo a la memoria colectiva los sucesos funestos de Cajamarca, Espinar, Madre de Dios y Bagua. ¿Eso queremos?. En lugar de la protesta tonta y el grito estridente, batamos palmas para la Palma Aceitera que será como batir palmas para Loreto.




