Contemplar desde la altura del Puente Nanay la majestuosidad e inmensidad del río Amazonas, nos hace pensar que esas aguas difícilmente se acabarían, más con las aguas de los ríos Itaya y Nanay que se unen a nuestro río reconocido también como el más caudaloso del mundo, qué orgullo, qué belleza, qué regalo de la naturaleza y de Dios.
Pero, debemos bajarnos de nuestra nube, y empeñarnos en cuidar estos espejos de agua dulce, así como plantear a la comunidad internacional la inversión seria y sin mezquindad en proyectos de conservación de la biodiversidad desde las comunidades y organizaciones locales y regionales, no desde ONGs con administraciones externas que están recibiendo concesiones del Estado.
Cómo es posible que miles de hectáreas se sigan entregando en concesiones, hasta con sobre posiciones de terrenos de los pueblos rurales e indígenas, y lo peor tienen los habitantes loretanos que someterse a las normas de los nuevos “dueños” de las tierras que antes eran los mercados de abastecimiento para alimentos y otras actividades de las familias rurales.
Quienes viven más en contacto directo con la naturaleza nos siguen recordando que son los verdaderos guardianes de los bosques, y hasta ahora no se les brinda los instrumentos legales, tecnológicos y de asesoramiento para que lo hagan mejor, y sigan en sus pueblos generando riquezas sin necesidad de salir a tugurizar las ciudades y empujando a la delincuencia criminal a sus hijos e hijas.
Lo que está pasando en nuestra sociedad es el extremo del egoísmo contra la tierra que nos vio nacer o adoptó, y que terminaremos debajo de este subsuelo en menos de 100 años, y ¿qué habremos dejado?, y que ojalá los nuevos informes de las Naciones Unidas nos hagan replantear y actuar, puesto que ya se ha declarado la bancarrota del agua en el mundo donde en muchos lugares ya no hay, o la cuidan al milímetro, y nosotros somos millonarios en ese recurso, pero ¿hasta cuándo? Ese es el punto. La gestión debe orientarse a conseguir inversiones en el cuidado de la naturaleza amazónica donde todavía abunda el agua dulce, que será la reserva, mientras se busque restaurar los lugares secos.
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Bancarrota del agua
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