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«A cocachos aprendí»

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Es el título de uno de los poemas de Nicomedes Santa Cruz, el poeta peruano que recreó parte de la vida estudiantil, una realidad que se repite en las distintas sociedades. “A cocachos aprendí”, era una forma de decir a “chobazos” me enseñaron, o con “jalada de las patillas”, o “arrodillados sobre maíz”, peor cuando no se cumplía con las tareas para la casa.
Mañana es el Día del Maestro y Maestra del Perú, y traemos a reflexión la labor docente desde este poema. Eran formas de motivación hacia el estudio, quizás erradas, pero era lo que había, se conocía y pensaba era la mejor manera. Sin ir a extremos en el castigo, digamos, sí que puede encajar en un proceso de aprendizaje a presión, y en ciertos casos, necesario.
Y es que hay muchas historias de hombres y mujeres ya adultos que agradecen a sus profesores que en la etapa estudiantil de sus vidas hayan ejercido ese tipo de presión, caso contrario «me hubiera perdido y ahora sería un vago, un bueno para nada, o un problema para la sociedad», confesaba alguna vez un ingeniero agrónomo que al término de su educación básica a punta de “shinelazos” fue motivado a estudiar en un instituto técnico agropecuario, y terminando ya tuvo la motivación de seguir la afinidad de su carrera en el nivel universitario.
Y como también dice en otra parte el poema de Nicomedes Santa Cruz: “Y hoy, parado en una esquina lloro el tiempo que perdí:…Yo no aproveché el colegio del barrio donde nací…”. Es una muestra del arrepentimiento por no haber obedecido al profesor, ni con “reglazos”.
El testimonio del ingeniero agrónomo también dice: «Todas estas comodidades que tengo, esta vida tranquila, sin mayores problemas económicos se lo debo a mi madre especialmente que se encargaba de controlar que yo asista a clases, y a mi profesor que después de `hacerme conocer Lima con un callampazo´, me repetía la importancia del estudio para mi vida».
Es una de las muchas historias que agradecen al profesor exigente que «no se cansaba de decirnos en el aula que tenemos que superar al maestro, tenemos que valorar el esfuerzo de nuestros padres, por eso, para ellos nuestro respeto y gratitud eterna”, evoca el ingeniero.
Ahí están los buenos educadores que no se cansan de inculcar valores en sus estudiantes, que además son ejemplo de vida, y siguen sus enseñanzas con otros métodos motivadores, aunque tal vez deslizándose por ahí un “cocacho verbal” de Nicomedes traído al actual contexto. Por eso, vaya nuestro saludo emotivo y respetuoso a todos los profesores y profesoras que cumplen con su misión, con ejemplo de vida y superación constante. ¡Vivan esos maestros de Loreto! ¡Vivan los profesores del Perú! ¡Feliz Día Maestras y Maestros loretanos!

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