Desde los orígenes de la humanidad, la trata de personas, principalmente de niños, ha sido el más repudiable acto desarrollado por personas para quienes la condición humana ha dejado  ser un factor de suma  valía, pues según su vesania el hombre deja de ser un ser humano para convertirse en víctima de la violencia del más fuerte.
Así  sucedió en el pasado, cuando a comienzos de la creación de nuevos países, se crea la casta de «negreros» que apoyados por los llamados colonos, muchos de los cuales  habían hecho fortuna con la explotación de los más débiles y proyectaban hacerse de un máximo de poder, para dominar a los demás, compraban como mercancía a conformantes de la raza negra, especialmente aplicándoles el calificativo de esclavos.
Así sucedió por mucho tiempo hasta que cada país, entre ellos el nuestro, abolieron la trata de esclavos, ubicándolos en la categoría  de ciudadanos libres, y considerando a los «negreros» como delincuentes del más despreciable delito cometido por un ser humano.
Los vientos democráticos soplaron con fuerza en los ámbitos de las nuevas sociedades; pero la costumbre de explotación del hombre por el hombre,  volvió a solazarse en la estructura humana llamada progresista, y es así como surge una nueva forma de esclavitud, al crearse grupos de poder que requerían de obra de mano barata o gratuita, y es entonces cuando se crean los grupos de contratistas que reclutan a miles de trabajadores desocupados, entre ellos varios niños, a los cuales con engaños les  hacen firmar documentos comprometedores que coactan su libertad y los reducen a la calidad de «explotados», por no decir «nuevos esclavos» en pleno siglo XXI.
El problema de la trata de personas en nuestro tiempo,  adquiere matices que superan a los hechos durante la esclavitud, pues su práctica ya no consiste en «explotar» al ser humano, individualizado como varón adulto, sino que esta vez involucra  a mujeres y niños de todas las edades, principalmente adolescentes, de ambos sexos que son explotados en la práctica del trabajo forzado y de la prostitución.
Nadie duda que resulta sumamente aberrante, que aquellos que hacen práctica en tal negocio, prostituyan no sólo a niñas púberes, sino que tal práctica se extienda también a los niños, lo cual presenta a  tal acto como el más aberrante crimen contra la humanidad.
Ante tal estado de cosas, resulta esperanzador, el trabajo que viene realizando una institución creada para prevenir de la explotación sexual contra niñas, niños y adolescentes en nuestra ciudad donde, según estudios, la creciente demanda de sexo con adolescentes, producto del mito de la «híper sexualidad de la mujer amazónica», sumado a la escasa protección de la infancia por parte del Estado y de la ciudadanía, perpetúa la impunidad frente al delito de explotación sexual de niños y niñas. Sin duda alguna, el tema es muy amplio y conduce a diferentes vertientes que deben ser expuestas para arribar a una posible solución inmediata.