Se buscan profetas

  • Se acerca la Fiesta Patronal de la Selva todos nos olvidamos de Juan el Bautista:san juan bautista

Está cerca la fiesta de San Juan. El distrito loretano que lleva el nombre de este gran profeta bíblico, está de mantel largo. Un periodista radial, como profeta en el desierto, denunciaba hace algunos días, que la Fiesta Patronal de la Selva ya ha perdido su sentido religioso. Escandalosamente es auspiciada por las empresas cerveceras más importantes de la ciudad y claro, a ellos ya no les importa mucho las veladas, el salto del shunto, las ceremonias religiosas, la justicia profética. A la Backus –decía el valiente periodista– solo le interesa las borracheras y las fiestas con orquestas, para asegurar sus ventas. Seguro que esta voz que grita en el éter radial, no fue del agrado del alcalde de San Juan, encargado principal de la Fiesta Patronal.
El pueblo, nosotros, aceptamos que así sea la fiesta; callamos en todos los idiomas y permitimos que el sentido mercantil desnaturalice esta celebración religiosa. Es más, casi todos planificamos para el 24 de junio, un itinerario de comilonas y borracheras a todo dar. Nos hemos vuelto consumistas y hedonistas. La justicia, la honradez, la solidaridad, el cambio personal y todos aquellos valores religiosos que nos dejó como legado el gran profeta Juan, son costumbres «anticuadas».
A propósito de la protesta periodística en la radio iquiteña, por la distorsión de esta fiesta religiosa; me hace acordar, que todos los profetas bíblicos del Antiguo Testamento, eran hombres que predicaban en el desierto, o sea que su mensaje no gustaba mucho, malograba el negocio. Su proclama por la instauración de un mundo nuevo, caía en saco roto, pues su auditorio, el pueblo de Israel, estaba más preocupado en pasársela bien en la vida que luchar por la justicia y el amor que exigía Dios. Todos los profetas bíblicos, fueron una piedra en los zapatos de los poderosos. Todos los profetas estropeaban las finanzas de los ricos. Todos los profetas fueron eliminados para acallar sus voces, porque su proclama azuzaba a la rebeldía, a la toma de conciencia, al cambio radical.
Hubo grandes profetas como Elías, Isaías, Oseas, Jeremías, Amos, etc. que se sintieron llamados por Dios para exigir la conversión a los de arriba como a los de abajo. Pedía cambio a los poderosos de arriba que explotaban y oprimían al pueblo pobre, pero también a los débiles de abajo que soñaban con ser ricos a como dé lugar; todos se sentían impactados con la voz del profeta. Su poderosa voz llamaba para que cambien de vida y sean servidores de la paz que nace de la justicia social, verdadera voluntad del cielo para que haya vida digna en la tierra.
En esos tiempos, como ahora aún, el poder político vivía en matrimonio íntimo con el poder religioso; el rey David, por poner un solo ejemplo, tenía a los sacerdotes judíos a su disposición; es más, el rey de Israel era el representante de Dios en la tierra. Con ese poder absoluto en la mano, todos los reyes judíos se volvían abusivos y muy pronto traicionaban su ofrecimiento de cuidar al rebaño, al pueblo de Israel. El rey y su entorno, se volvían capataces inmisericordes, y látigo en mano exigían más impuestos y más trabajos forzados a los pobres, para poder mantener su estatus privilegiado.
En estas circunstancias de abuso total, Dios suscitaba de entre su pueblo a hombres comunes y corrientes que solo tenían el don de haberse dejado llevar por la ira divina, para que sean profetas, o sea anunciadores de la voluntad del Altísimo. El profeta, entonces, era un enviado que tenía la misión de anunciar dos cosas: predicar a Dios y denunciar lo que impedía la fraternidad en Dios. Al rey le decía sus verdades y al pueblo le removía la conciencia dormida que avalaba ese orden real establecido. El profeta a diferencia del sacerdote no estaba bajo el dominio del Rey, se salía de su control. Por eso el profeta, en un primer momento, suscitaba miedo en el rey, y temor en el pueblo, pues era considerado como la voz autorizada de Dios. Cuando insistía en la conversión personal y estructural, terminaba siendo odiado y finalmente eliminado de la faz de la tierra.
El último profeta bíblico como tal, fue Juan el Bautista, contemporáneo de Jesús de Nazareth, ya sabemos cómo terminó: decapitado en un plato, en la forma de un juane. A él le tocó anunciar que los tiempos se habían vencido y que Dios mismo sin intermediarios, sin profetas, se encargaría de decir las verdades a su pueblo y que Dios en persona instauraría su propio reinado. Juan gritaba: «Conviértanse porque ha llegado el Reino de los Cielos» (Mt 3, 2) pero aclaraba con voz potente: «Yo les bautizo con agua para conversión; pero aquel que viene de tras de mi es más fuerte que yo…él les bautizará con Espíritu Santo y fuego» (Mt 3,11)
El agua que purifica, el bautismo ritualista, la ley que sana, llegaban a su final en la historia de la salvación. De ahora en adelante, con Jesús, el profeta de los profetas, la religión legalista, ritualista y farisaica es purificada por el fuego y el espíritu del Mesías. El reinado de Dios anunciado por los profetas de todos los tiempos, se hace realidad en Jesús. La ley no logró la salvación ansiada, el rito no logró la santidad, la religión judía no logró la justicia divina. Es la persona de Cristo quien viene a instaurar un nuevo orden, un nuevo cielo y una nueva tierra. Los pobres y marginados festejan, los ricos y poderosos son despedidos con las manos vacías (canto del magníficat en el evangelio de Lucas)
Es bueno recordar y actualizar entonces, el sentido de nuestra fiesta patronal de la selva. San Juancito es nuestro protector y no debemos olvidar su legado profético. Nuestros nativos amazónicos lo eligieron defensor de la selva porque justamente fue un hombre valiente que no se calló ante ninguna injusticia. Nuestra selva peruana actualmente está siendo arrasada por el capital trasnacional. Los bosques están siendo diezmados con tal de asegurar sucias ganancias. Quedarnos callados ante estos abusos, es traicionar a nuestro patrono de la selva.
Que en esta fiesta religiosa, recobremos el verdadero sentido de nuestra celebración, buscando la justicia, indignándonos por tanto abuso, condoliéndonos por tanto sufrimiento humano. Sin olvidar claro, que nuestra fiesta tiene que tener su toque charapa, con su bola juane y su chicha pucso-pucso; con sus danzas típicas, sus sanas costumbres y sus tradiciones propias.
¡San Juancito de la selva, ruega por nosotros! Amén.

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