MADERA, FIBRA, ARCILLA, PIEDRA

Por: José Álvarez Alonso

Las maravillas que fabrican los habitantes de la isla de Bali con los más humildes materiales de su entorno no pueden ser descritas con palabras. Se podría decir que toda la isla es un inmenso taller de artesanía, y un museo, porque en cada calle, en cada esquina, se pueden apreciar los productos de las hábiles manos de los balineses, trabajados en piedra, madera, fibras vegetales, barro, semillas (coco y otras), cortezas… Cientos, miles de talleres de artesanía, que a su vez son tiendas abiertas al público, ofrecen a lo largo de calles y carreteras hasta el último rincón de la isla una enorme diversidad de productos al cual más bello, sugestivo y original. Admirable modelo de inclusión económica y social, cuyo impacto se nota en el aparente bienestar económico de la gente, y en la evidente ausencia de pobreza.

Los balineses son la prueba viviente de que la creatividad no tiene límites, y con el más humilde material se puede hacer arte y generar riqueza. Me sorprendió en particular el valor agregado que le dan a la madera, escasa en una isla pequeña y superpoblada desde hace siglos (Bali tiene la cuarta parte del tamaño de la R. N. Pacaya-Samiria, y unos tres millones de habitantes). Pero los balineses le sacan partido hasta al pedazo más aparentemente inútil: he visto deslumbrantes maravillas elaboradas, por ejemplo, con pedacitos de madera, con los que elaboran bellísimas esculturas, así como jarrones, joyeros, collares y pulseras. También con raíces y tocones completos de árboles: algunos artesanos los convierten en bellas obras de arte simplemente puliendo las raíces y barnizándolas, o al natural; otros, como el emprendedor Armando Almeida, las combinan con otros elementos, lo que les da una elegancia extraordinaria.

Abundan en particular composiciones de raíces o pedazos de troncos erosionados por los elementos (arrastrados quizás por los ríos o el mar) con grandes vasijas de vidrio, que aún estando blandas fueron encajadas adaptándolas a las irregularidades de la madera. Bellas hasta quitar el aliento. Los muebles elaborados con pedazos irregulares de raíces o ramas no se quedan atrás. También he visto pedazos irregulares de madera combinados con metales (cobre o bronce) para figurar animales, de gran gusto y elegancia.

El valor agregado que la mano del artesano le otorga a la madera es enorme: un elefante o un hipopótamo tallados en un pedazo de madera de aproximadamente un metro por un metro se vende en Bali por 5 000 a 6 000 dólares. Podría ser el sueldo digno de un año de un artesano amazónico, pese a que no creo que le tome más de un mes el tallar una pieza así (probablemente menos con herramientas eléctricas). Un pedazo como ese de madera buena (digamos tornillo o moena) que equivale más o menos a la cuarta parte de una troza, es vendido por los ribereños loretanos a 5 o 10 soles, en el mejor de los casos. Como para pensar. A ese precio venden los balineses figuritas de madera de animales o dioses orientales de unos pocos centímetros, que les habrán tomado una o dos horas elaborar.

Me informan que algunas de las maderas más preciosas para el tallado son importadas de otros países. Con mis colegas latinoamericanos, todos participantes de una reunión internacional sobre plantas en peligro, nos preguntamos si entre ellas no estarán las maderas amazónicas que con tanto esfuerzo extraen nuestras comunidades y tan poco beneficio malvenden nuestros países a otros más emprendedores, exportando los tan necesarios puestos de trabajo…

Pero no sólo es la madera. En Bali se observa arte en todos los materiales disponibles e imaginables. Mucho en piedra, especialmente esculturas tradicionales de estilo hindú y con motivos de la religiosidad hindú (¡qué bellos sus dioses de piedra!). Esta materia prima que obviamente no está disponible en nuestra selva baja, pero sí es abundante en selva alta, de muchas calidades y tonalidades, por cierto. ¿Por qué no podría impulsarse industrias artesanales con ella? Hace unos meses visité el alto Paranapura, patria del Pueblo Shawi, que vive sumido en la pobreza (este distrito es el más pobre de Loreto). Sus playas están orladas de millones de piedras de arenisca de todos los tamaños y colores, y de textura muy fina y bella como para elaborar artesanías y souvenirs para los turistas con motivos indígenas, como se venden en otros lugares del Perú (Cusco y Nasca, por ejemplo). Esperemos que pronto alguna ONG emprendedora o un alcalde con visión capacite a los indígenas en esta industria, mucho más sostenible y rentable que criar vacas flacas a costa de sus últimos bosques, cuya carne y leche los indígenas por cierto no aprovechan.

Vi también en Bali muchas cosas en arcilla, recurso abundante y subutilizado en nuestra Amazonía. La alfarería balinesa no es menos espectacular que su artesanía en piedra y madera, y se extiende de los motivos tradicionales (típicos jarrones y tinajas, y figuras religiosas) a nuevos estilos modernistas de exquisita elegancia.

Maravillas en otros materiales incluyen: telas de algodón primorosamente decoradas con  los vivos diseños orientales; joyas y objetos utilitarios de cáscara de coco; artesanías con fibras de ratán, especie de palmera asiática similar a nuestro huambé o tamshi, con el que elaboran productos tanto decorativos como utilitarios, desde canastillas para diversos usos, hasta muebles de diseños y belleza extraordinarios. La industria del ratán mueve miles de millones de dólares en el sudeste asiático, especialmente muebles del tipo que Perú llaman «de mimbre».

¿Por qué no pueden nuestros amazónicos cosechar sosteniblemente nuestras fibras naturales y darles el valor agregado que les dan en Asia? Investigaciones impulsadas por el IIAP han demostrado que sí se puede cosechar sosteniblemente el tamshi, simplemente tomando la precaución de no arrancar todas las raíces de la planta: respetando al menos dos tercios de ellas, las más delgadas y verdes, se puede garantizar que esta planta epífita que crece en las copas echará de nuevo otras tantas raíces al siguiente año. Una hectárea de bosque en Jenaro Herrera, según el estudio, puede producir así hasta 200 m de tamshi al año. Suponemos que otras tantas de huambé. El territorio típico titulado de una comunidad indígena amazónica en Loreto, de entre 5 y 10 000 ha, podría ser la base por sí solo para una industria sostenible de muebles de estas fibras.

Nos sobran materias primas, y nos falta imaginación e iniciativa para ponerlas en valor.

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