LA YERBA DEL PARAÍSO

José Álvarez Alonso

Fue el botánico español Pedro Jaime Esteve (1500 – 1556) el primero que describió el género Stevia, y a él debe su nombre este grupo de plantas herbáceas y arbustivas de la familia del girasol. Entre sus especies se encuentra una de las plantas más maravillosas del planeta, la stevia, también llamada ‘yerba dulce’, por su increíble capacidad edulcorante y por su bajo contenido de calorías. Los indígenas guaraníes usaron las hojas de la Stevia rebaudiana, que crece en estado silvestre en Paraguay y el norte de Argentina, por más de un milenio para endulzar el mate y otras bebidas.

Los compuestos ‘esteviósido’ y ‘rebaudiósido’ de esta planta son entre 250 y 300 veces más dulces que la sacarosa del azúcar blanco. Para un mundo asolado por la enfermedad del siglo (la obesidad) y sus parientes naturales (la diabetes, las enfermedades cardiovasculares y otras plagas similares), la existencia de esta planta maravillosa es una muy buena noticia, pues como producto natural no tiene los efectos secundarios de los edulcorantes sintéticos.

Aunque los extractos de la stevia son consumidos desde hace muchos años en países como Japón y China, en Estados Unidos y Europa no fue aprobada su comercialización hasta muy recientemente, debido al lobby de las marcas de edulcorantes sintéticos, que mueven miles de millones de dólares al año. Como ejemplo del poder de las transnacionales se cita el hecho que la FDA (agencia norteamericana que regula los alimentos y medicinas) prohibió en 1991 el consumo de la stevia sin sustentarlo; coincidentemente, varios de los responsables de tan polémica decisión dejaron pronto la agencia para trabajar en la Nutrasweet Company, que como pueden adivinar se dedica a producir edulcorantes sintéticos.

En Perú se consigue stevia importada principalmente de Bolivia, un gran productor junto con Paraguay, la patria de donde proviene. Ya comienza a cultivarse en sitios como el valle del Mayo, en San Martín, donde la empresa Stevia One Peru SAC tiene sembradas unas 80 hectáreas cerca de Moyobamba, y planea sembrar otras 100 más en el próximo año.

El herpetólogo de origen alemán Rainer (‘Rana’) Schulte, impulsor por años de proyectos de manejo de ranas con comunidades para el mercado de mascotas, trabaja ahora en esa empresa y me explica con entusiasmo los detalles de este emprendimiento de inversionistas peruanos, belgas y canadienses. Escuchándole hablar del proyecto no me queda duda de la enorme oportunidad que este cultivo representa para regiones del Perú con el clima y los suelos del Mayo y del Huallaga. Me cuenta que en Amazonas han descubierto un helecho dulce… Quizás ahí esté la stevia peruana esperando conquistar las mesas del mundo…

Las plantaciones de stevia ocupan terrenos marginales, mayormente degradados luego de varias cosechas irrisorias de maíz o pasturas. El manejo es altamente tecnificado, e implica allanado y rectificación de los suelos, y fertilización química a través riego por goteo de las plantas en camas cubiertas de plástico. Las hojas (de donde se extrae el edulcorante) son cosechadas con una maquinaria especial. Cada hectárea produce por cosecha unas 15 toneladas de hoja fresca, lo que equivale a 1.5 ton de hoja seca aproximadamente; se extraen unos 100 kg del principio activo (rebaudiósido – REB – A) por cosecha. Cada año en la zona del Mayo se realizan cinco cosechas (en países templados se consigue entre una y dos cosechas al año). El precio internacional FOB al por mayor del extracto REB – A es bastante variable: entre 50 y 150 US$ / kg (al menudeo el precio suele ser de unos 20 – 30 soles por un tarro de 50 – 80 gramos). Es decir, una hectárea puede producir hasta 75 000 dólares al año en producto final al por mayor.

La empresa Stevia One Perú exporta la hoja seca para procesarla en China, porque en Perú no hay planta extractora. Según Rainer, cuesta unos 14 millones, y la actual plantación de su empresa no justifica la inversión. Si el cultivo de la planta se extendiese en los valles interandinos idóneos para este cultivo, se podría justificar la inversión en una fábrica, y se podría poner al alcance de los peruanos de a pie este maravilloso producto. No solo los diabéticos estarían felices, sino todos aquellos que se preocupan por su salud y bienestar, y que son conscientes de los graves riesgos del consumo de azúcar blanca.

Las patentes con base en la stevia registradas en USA, Japón y Canadá son ejemplos típicos de la biopiratería moderna. Supuestas innovaciones (plantas derivadas, nuevos usos, principalmente) que en realidad son variaciones el uso descubierto por los indígenas guaraníes hace miles de años permiten a las empresas usufructuar un conocimiento tradicional sin la distribución justa y equitativa de beneficios a sus inventores, como establece uno de los principios del Protocolo de Nagoya. Los indígenas descubridores de la stevia no han recibido ni un cobre de los miles de millones de ganancias derivados de su comercialización.

Esta historia se repite con otras plantas útiles comercializadas en el Mundo sin reconocer los derechos de propiedad intelectual de las comunidades que las descubrieron: casos sonados son la ayahuasca y el áloe vera. El Ministerio del Ambiente junto con otros sectores (Ministerio de Cultura, Mincetur, INDECOPI) está trabajando para garantizar los derechos de propiedad intelectual sobre los recursos genéticos nativos; actualmente se está impulsando la modificatoria del Reglamento de Acceso a los Recursos Genéticos, para adecuarlo a los retos y necesidades actuales.

Dado el creciente interés de las sociedades opulentas por los productos ‘exóticos’, es de esperar que los casos de biopiratería se multipliquen en el futuro próximo, pese a los esfuerzos de la Comisión contra la Biopiratería, que celebró la semana pasada su sesión N° 100. La enorme riqueza biológica del Perú, uno de los cuatro países más biodiversos del planeta, no podrá contribuir como corresponde al desarrollo de sus gentes si no se la protege de empresarios inescrupulosos que quieren llevársela fácil y no pagar los derechos de acceso, incluyendo el reconocimiento de la propiedad intelectual de las comunidades locales depositarias de conocimientos asociados con la biodiversidad.

 

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