La Iglesia verdadera

  • El papa Francisco y la Fiesta de Pentecostés 2017:

 

 

Por: Adolfo Ramírez del Aguila

Docente de Educación Secundaria

 

Ayer domingo fue la Fiesta de Pentecostés, una fiesta del judaísmo antiguo, que las primeras comunidades cristianas, el nuevo Israel del primer siglo, hicieron suya desde el acontecimiento Jesucristo. En todo el mundo, las Iglesias locales (En Iquitos se celebró en la Plaza Bolognesi) y la Iglesia universal, celebraron, por así decirlo, su fecha de nacimiento eclesial como comunidad de fe. La venida del Espíritu Santo, marca el inicio de esta experiencia de vida en comunión y participación.

Los líderes religiosos, de vez en cuando, disertan en sus homilías y predicaciones, “que la Iglesia verdadera de Cristo es la mía y la tuya es la falsa y tiene la marca del anticristo”. Los evangélicos, por ejemplo, defienden la autenticidad de su Iglesia; los mormones se autoproclaman como la comunidad verdadera de Dios; los musulmanes se consideran dueños de la verdad y llaman portadora de la falsa verdad al cristianismo.  Los católicos nos sentimos (me incluyo) la verdadera Iglesia santa, apostólica y romana de donde salieron (¿por deserción?) todas las demás iglesias ortodoxas o protestantes.

Esta discusión sobre lo auténtico y lo falso, me hace recordar los candentes debates electorales acerca del verdadero grupo político honesto que lucha contra la corrupción: “Todos los demás partidos son corruptos excepto el mío” dice algún militante iluminado.  A mis alumnos les hice una encuesta sobre: ¿Cuál crees que es la única Iglesia verdadera de Cristo? Y cada uno contestó según su experiencia familiar: “La católica, pues profe, porque la fundó el mismo Jesucristo”, “La evangélica, es lo máximo, porque hace lo que dice Jesucristo en su santa palabra” y así cada uno según su preferencia confesional. Solo un alumno me contestó “Para mí, todas las iglesias son falsas profe, porque soy ateo”.

El Concilio Vaticano II (Se clausuró en 1965 cuando yo nacía), un evento de revolución copernicana en la Iglesia Católica, planteó que “la Iglesia es Pueblo de Dios” (Lumen Gentium 9-17). Quizá sea la definición más bíblica sobre la Iglesia y nos invita a todos los creyentes a no ser sectarios y a no encerrarnos en nosotros mismos; al contrario, el Pueblo de Dios debe abrir las puertas de la Iglesia al que piensa distinto, al que actúa distinto, al que crea distinto e incluso al que no crea; una especia de milagro de la unidad en la diversidad por obra y gracia del Espíritu Santo.

El papa Francisco en su homilía por la Fiesta de Pentecostés (50 días después de la resurrección), celebrada en el Vaticano (Roma) ayer domingo, reta a los católicos a no caer en dos grandes tentaciones intra-eclesiales actuales, que curiosamente marcan la agenda en la vida política del mundo. La primera: “buscar la diversidad sin unidad” y la segunda: “buscar la unidad sin diversidad”. La primera es la tentación de los sectores progresistas, y la segunda es el pecado de los sectores conservadores.

La diversidad sin unidad. “Esto ocurre cuando buscamos destacarnos, cuando formamos bandos y partidos, cuando nos endurecemos en nuestros planteamientos excluyentes, cuando nos encerramos en nuestros particularismos, quizás considerándonos mejores o aquellos que siempre tienen razón. Entonces se escoge la parte, no el todo, el pertenecer a esto o a aquello antes que a la Iglesia; nos convertimos en unos ‘seguidores’ partidistas en lugar de hermanos y hermanas en el mismo Espíritu…”

La unidad sin diversidad. “La unidad se convierte en uniformidad, en la obligación de hacer todo juntos y todo igual, pensando todos de la misma manera. Así la unidad acaba siendo una homologación donde ya no hay libertad.”

Y entonces Francisco, inspirado por el Espíritu Santo, nos lanza el reto de la unidad en la diversidad, como el mayor milagro de estos tiempos para un nuevo pueblo de Dios. “A cada uno da [el Espíritu Santo] un don y a todos reúne en unidad. En otras palabras, el mismo Espíritu crea la diversidad y la unidad y de esta manera plasma un pueblo nuevo, variado y unido: la Iglesia universal. En primer lugar, con imaginación e imprevisibilidad, crea la diversidad; en todas las épocas en efecto hace que florezcan carismas nuevos y variados. A continuación, el mismo Espíritu realiza la unidad: junta, reúne, recompone la armonía… De tal manera que se dé la unidad verdadera, aquella según Dios, que no es uniformidad, sino unidad en la diferencia…”

La Iglesia verdadera de Cristo entonces, es aquella que, bebiendo de su propio pozo, es testimonio de la unidad en la diversidad, proclama y construye un mundo más unido, pero respetando la multi diversidad cultural, económica, política y naturalmente religiosa. Basta ya de una Iglesia ensimismada y excluyente, europeizada y cerrada al mundo; y lo peor, cerrada al Espíritu de Dios, un Paráclito que sopla por donde le da la gana. El Espíritu siembra la verdad y el amor en los campos del mundo, diseminando su semilla (“la semilla del Verbo” diría el Vaticano II) en todos los espacios y en todos los tiempos de la humanidad.

En la Iglesia de la selva, por ejemplo, desde hace miles de años, antes que el Evangelio llegue a estas tierras de la yuca brava, ya el Espíritu de Dios aleteaba en esta hoya amazónica, inspirando a nuestros ancestros nativos, a aprovechar los dones de la naturaleza, pero sin destruirla. Un Espíritu que se derramó en abundancia, porque vivían en franca vida comunitaria de respeto y reciprocidad mutua. No como ahora, que el espíritu del mal, el sistema del mal, que curiosamente se hace llamar “occidental y cristiana”, destruye la selva inmisericorde.

Que Dios trino y diverso, pero uno, bendiga a su santa Iglesia a pesar de sus defectos y pecados. ¡Feliz día de la Iglesia de Iquitos y de la Amazonía peruana! Amén.

 

 

 

 

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