• Escribe: Ing. César Calderón Vela, Reg. CIP 32486

Se cumplirán 84 años de la Batalla de Gúeppí en una mañana lluviosa del domingo 26 de marzo de 1933, en la que un chico nacido en la ciudad de Iquitos de 26 años llamado Fernando Lores Tenazoa se inmoló, dando su vida junto a otros de sus compañeros que estaban bajo su mando. Apenas llegó la noticia a Iquitos, su muerte quedó teñida de una aureola de heroísmo. Parece que este sentimiento se expresó primero en el diario «El Eco», donde trabajaba su novia, Cecilia Flores. Solía ella contar que cuando esa mañana llegó al local del diario, le llamó la atención que sus compañeros se alejaran del lugar donde día a día se colocaba la lista de los caídos en la guerra que en ese año de 1933 librábamos con Colombia en el Putumayo y que se había desencadenado a raíz de la Toma de Leticia el primero de setiembre del año anterior.
A leer esa lista acudían a diario los familiares y amigos de los combatientes. Esa misma percepción se concretizó dos meses después de su muerte, en el mes de mayo, cuando el Municipio de Maynas decidió cambiar el nombre de la calle donde vivía su familia y donde había transcurrido su infancia y adolescencia. Dejar atrás el nombre de jirón Pastaza y comenzar a denominarla calle Sargento Lores, ponía de manifiesto que la autoridad edil estaba recogiendo lo que era ya un sentimiento popular. Texto extraído por José Barletti donde describe hechos, he tenido en mis manos la carta escrita de puño y letra por su mamá, María Tenazoa, en la que agradece al alcalde por el cambio de nombre y le anuncia que está haciendo venir de Ica a Julio, su otro hijo, para que se incorporé al combate y ofrende su vida como lo había hecho su hermano. Tuve la suerte de conocer en 1982 a Julio Lores Tenazoa y guardo en un lugar especial las fotos que tomé en nuestra plaza de armas de Iquitos en las que aparecen él, su esposa y mi hija Cecilia de seis años, durante la ceremonia en conmemoración del cincuentenario de la Toma de Leticia, que fue organizada por Luis Armando Lozano Lozano, alcalde en ese entonces, en coordinación con el Frente de Defensa del Pueblo de Loreto.
Al producirse la Guerra del Putumayo comentan sus compañeros de promoción que mirando la esfinge del coronel Francisco Bolognesi, se paró y saludo militarmente diciendo «permiso mi coronel» mi obligación es defender nuestro territorio, tal como lo hacen hoy los cadetes en la Escuela Militar de Chorrillos.
Las noticias de la guerra en el Putumayo llegaron pronto, el teniente peruano Teodoro Garrido León resistió valientemente hasta que no quedaran armas para defender el fuerte; comentaron los colombianos que un sub oficial peruano, cuyo nombre no se le reconoció en ese momento hasta la entrega de su cuerpo a los peruanos, se enfrentó con su ametralladora a los cañones del Cartagena. Cuando cesó la lucha el oficial a cargo recorrió el campo para socorrer a los heridos; el valiente peruano en medio de su agonía herido de muerte levantó su cabeza para decirle a la patrulla colombiana escupiéndole su cara al oficial colombiano «acábenme de matar colombianos malditos», más tarde se le reconocía a este soldado como el loretano Sargento Fernado Lores Tenazoa. El oficial colombiano comentaba «Mucho hubiera querido conocer el nombre de este valeroso soldado que es digno de un canto homérico».

LA GUERRA CON COLOMBIA
Como siempre nuestro país no estaba bien resguardada con hombres y armamento, Colombia estaba en ventaja con sus cañoneros «Cartagena» y «Santa Marta», además contaba con cinco aviones con expertos pilotos alemanes y colombianos; los peruanos en cambio solamente contaban con sus fusiles y algunas ametralladoras. A las tres de la mañana del domingo 26 de marzo de 1933, los colombianos desembarcaron en Güeppí y en la isla de  Cachaya ocupada por los peruanos. A las ocho y media llovieron bombas sobre Cachaya y el Cartagena barrió con su metralla el caserío; después irrumpió la infantería colombiana bajo el fuego de las ametralladoras peruanas. Cayó el soldado colombiano natural de Gigante Sósimo Suárez destrozado por las balas peruanas y siguieron avanzando como una tromba de muerte los macheteros colombianos de la Compañía Uribe Linares; en ese momento, el colombiano Juan Solarte Obando descubre la trompetilla de una ametralladora peruana oculta en el follaje y sin pensarlo dos veces levanta el machete para silenciarla pero dos ráfagas en cruz le destrozan el pecho abrazando la ametralladora, tiempo que aprovecharon los colombianos para seguir avanzando por la espesura de la selva amazónica.
Tomada Cachaya, el cañonero «Cartagena» se acerca a  Güeppí  cañoneando los nidos de ametralladoras peruanas ubicadas en el barranco. Los peruanos se defendieron con honor ante una fuerza superior en hombres y armamento. A las once y media de la mañana cesa el tiroteo desde el barranco y ocho hombres bajo el mando del colombiano Néstor Ospina trepan sobre las trincheras destrozadas y en lo más alto de Güeppí izan el tricolor colombiano.
En 1930 se ejecutó dicho Tratado por el Gobierno de Leguía y nuestra ciudad de Leticia, junto con toda la enorme franja entre el Caquetá y el Putumayo, dejó de pertenecer al Perú convirtiéndose en territorio colombiano. La población peruana de esos territorios también fue entregada a Colombia. Dos años después, en 1932, el valiente pueblo loretano, dirigido por la Junta Patriótica de Loreto, capturó la ciudad de Leticia con armas en la mano. Este hecho provocó la Guerra del Putumayo. Después del Combate de Güeppí, el heroísmo de Lores y sus compañeros hizo que los combatientes peruanos pelearan con mayor entusiasmo. En momentos en que conquistábamos éxitos en la guerra, nuevamente se produjo la traición del gobierno de Lima, esta vez del mariscal Óscar R. Benavides, quien acordó con Colombia el alto al fuego a los dos meses del acto heroico de Lores llevándose a acabo negociaciones diplomáticas que culminaron en la devolución de Leticia a Colombia.

EL ÚLTIMO DEFENSOR DE LETICIA
Alférez Hildebrando Tejada: «Yo no soy traidor a mi patria», Esta orden no la cumplo porque es inmoral. Yo soy un militar loretano que está obligado a defender el territorio nacional y no voy a entregar ningún centímetro de suelo peruano al invasor (Al momento de ser relevado, por orden del prefecto de Iquitos, para que Colombia ocupara Leticia, fue encarcelado por desobedecer órdenes militares. El levantamiento del alférez Hildebrando Tejada fue la expresión de indignación del pueblo loretano. Leticia fue peruano.

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