José Álvarez Alonso

Si los profetas y agoreros tuviesen razón el mundo se habría acabado hace mucho, y cientos, sino miles de veces. Las predicciones del fin del Mundo han menudeado a lo largo de la historia, especialmente en momentos de crisis y catástrofes.

Una búsqueda rápida en internet produce más de cien profecías incumplidas registradas en los últimos 2000 años, sobre el Apocalipsis y el fin del Mundo; probablemente hubo muchas más de las que no se tiene registro. Por citar algunos ejemplos de profetas fallidos: el Papa Silvestre II predijo el fin del Mundo para el año 1000, Martín Lutero lo predijo para el 1600, y los adventistas y testigos de Jehová lo predijeron en más de una decena de fechas en los últimos 150 años.

Hay algunas profecías totalmente hilarantes, como la de la supuesta gallina profética de Leeds, Inglaterra, que en 1806 ponía huevos con el mensaje grabado en la cáscara “Cristo viene”; o el pastor de una iglesia amazónica en Jenaro Herrera, quien en los años 80 se lanzó desde el pináculo de su iglesita afirmando que un carro de fuego celestial lo recogería cual profeta Elías amazónico para llevarlo al paraíso, como señal del fin de los tiempos. Quien lo terminó llevándolo fue un ‘peque peque’ al hospital, y con la mitad de sus huesos rotos.

Si un montón de astrólogos, monjes, pastores y sectas, e incluso santos, papas se equivocaron en los últimos 2000 años, no hay razón para que acierten unos astrólogos de pacotilla como los que han tratado de hacer su agosto en diciembre 2012.

Algunos apocalípticos modernos citan como pruebas concluyentes ciertos fenómenos que, si bien son bastante inusuales, son explicables naturalmente. Un ejemplo son las “lluvias de pájaros muertos”, como la ocurrida en la víspera del Año Nuevo del 2012 en Bebee, Arkansas, provocada por el pánico creado en un enorme dormidero de tordos (blackbirds) por los fuegos artificiales; o la ocurrida en Rumanía, donde cientos de estorninos fueron envenenados por comer restos de uvas fermentadas de una bodega. También se citan las muertes masivas de peces ocurridas en lugares como Arkansas (EE.UU.), en Nueva Zelanda y en otros lugares; todos estos hechos tienen explicación científica y han sido fruto de una conjunción de fenómenos.

Lo que admira de todo esto es la creciente credulidad de la gente en ese tipo de supercherías y supersticiones, consideradas un rezago de la Edad Media.  Está claro que el increíble desarrollo de la ciencia y la tecnología, y la revolución de las comunicaciones en el último siglo, no son sinónimo de incremento de la cultura y de la conciencia religiosa.

El Mundo se acabó en Lima hace 400 años

En el año de Dios de 1600 el volcán Huaynaputina castigó a la ciudad de Arequipa y regiones aledañas con la más violenta erupción de la historia del Perú, acompañada de intensos terremotos. Por semanas la lluvia de cenizas cayó sobre casas y campiñas, matando árboles y sembríos, y derrumbando techos. El sol se oscureció por días y la gente entró en un estado de pánico total, pensando que se trataba del fin del mundo. El P. Martín de Murúa, en su “Historia general del Perú”, interpreta así estos luctuosos hechos: “Y así parece que la ira del inmenso Dios ha caído sobre aquella ciudad, para azote y castigo de los pecados que en ella se cometían”.

Las noticias llegadas a Lima caldearon las emociones de la gente para que dieran crédito a la inflamada prédica de un fraile que la ‘libertina’ ciudad de Lima sufriría un castigo peor. Galeano describe en su “Memoria del Fuego” lo que pasó ese día, en una de las crónicas más alucinadas de la historia americana:

“Ayer, cuando atardecía, un fraile descalzo convocó a la multitud en la plaza de

Lima. Anunció que esta ciudad libertina se hundiría en las próximas horas y con ella sus alrededores hasta donde se perdía la vista.

—¡Nadie podrá huir! —gritaba, aullaba—. ¡Ni el más veloz de los caballos ni la

más rauda nave podrán escapar!

Cuando el sol se puso, ya estaban las calles llenas de penitentes que se azotaban a la luz de los hachones. Los pecadores gritaban sus culpas en las esquinas y desde los balcones los ricos arrojaban a la calle las vajillas de plata y las ropas de fiesta. Espeluznantes secretos se revelaban a viva voz. Las esposas infieles arrancaban adoquines de la calle para golpearse el pecho. Los ladrones y los seductores se arrodillaban ante sus víctimas, los amos besaban los pies de sus esclavos y los mendigos no tenían manos para tanta limosna.

 La Iglesia recibió anoche más dinero que en todas las cuaresmas de toda su historia. Quien no buscaba cura para confesarse, buscaba cura para casarse. Estaban abarrotados los templos de gente que quiso yacer a su amparo.

Y después, amaneció. El sol brilla como nunca en Lima. Los penitentes buscan ungüentos para sus espaldas desolladas y los amos persiguen a sus esclavos. Las recién casadas preguntan por sus flamantes maridos, que la luz del día evaporó; los arrepentidos andan por las calles en busca de pecados nuevos. Se escuchan llantos y maldiciones detrás de cada puerta. No hay un mendigo que no se haya perdido de vista.”