El turismo vivencial comunitario es el nuevo norte de nuestras comunidades

Escribe: Ricardo Rey Rivera Vásquez
Despierto con la convicción que durante los próximos días no gozaré de mi cama, almohada, del agua potable y energía eléctrica; debo reconocer que de primer momento no es algo que me cause alegría; sin embargo, también guardo la tranquilidad de ese sentimiento de retorno a las comodidades que ofrecen las comunidades de nuestros ríos amazónicos, la tranquilidad que al principio inquieta, pero luego cautiva nuestra agitada mente. Tengo la mochila lista y dentro mío, una gran curiosidad por conocer por fin el proyecto que guarda la esperanza del pueblo Maijuna para conseguir aquello que todos llaman “desarrollo” y que tantas personas, desde muchas partes del mundo, se han interesado en hacerlo realidad.
Camino al puerto, y como usualmente hago antes de alguna salida al campo, aprecio lo cotidiano de nuestra ciudad con sus vehículos, personajes, formas y ruidos que han ido adhiriéndose al estilo de vida de sus habitantes en un proceso nada ordenado, más bien caótico, que la han llevado a convertirse en lo que ahora es: un ruidoso festín de pasiones.
Al llegar al puerto, el desorden y el caos no son ajenos, sino más bien se agudizan. Una policía de tránsito cuyo rostro refleja más que frustración, me hace una señal con la mirada para apurar el paso y ser cuidadoso con mis cosas personales mientras bajo al puerto, ya que la necesidad es grande y los amigos de lo ajeno están siempre al asecho de ingenuos visitantes. Mientras desciendo, un grupo de bombo baile coquetea, comensales que disfrutan de ricos chilcanos levanta muertos, el golpe contagioso del bombo eriza mi piel y pienso que es el abrazo de la selva que me está dando la bienvenida.
Son cuarenta minutos de Iquitos a Mazán y a las cinco de la mañana el viaje resulta corto, pues el sueño aún campea. Llegamos e inmediatamente escucho mi nombre en el tumulto de personas que se acercan al deslizador, es un colaborador nuestro al que conocemos como “Lachman” y nos espera sonriente para trasladar nuestras cosas y hacer un transbordo al río Napo que está a veinte minutos, luego tomaremos un bote artesanal o “peque peque” que ahorran mucho en combustible y al tener poca profundidad se pueden recorrer fácilmente las quebradas, caños y “sacaritas” que aparecen en época de creciente que permiten disfrutar de interminables túneles entre los árboles y, de vez en cuando, de preciosas flores que suelen anidar en algunas frondosas copas. Son tres horas de este maravilloso espectáculo para llegar finalmente hasta la quebrada Sucusari y la comunidad nativa del mismo nombre.
Nos reciben nuevamente muchas sonrisas en el atracadero de la comunidad; mientras desembarco se me ocurre que en la ciudad hemos perdido la costumbre de dar este tipo de sonrisas a extraños y amigos, preservar el personaje que nuestras experiencias y el ego nos han llevado a crear, nos limita. Duglas, jefe de la comunidad, está más que alegre, pues su mujer lleva una tinaja de masato de yuca que empieza a fermentar para celebrar con los visitantes. Acepto la degustación, me presento ante la comunidad y agradezco el recibimiento; inmediatamente les pido ver el proyecto, mi ímpetu es grande y mi estadía apresurada. Una vez instaladas nuestras carpas en el local comunal, regresa Duglas y nos invita a acompañarlo para finalmente ver el proyecto.
Los Maijunas son una nación nómade, desde el siglo quince que abandonaron lo que ahora es el Ecuador, bajaron por el Napo y se instalaron sin sospechar que al poco tiempo sufrirían las consecuencias de contactarse con colonos, primero españoles y después peruanos, quienes no solo representaron nuevas enfermedades y plagas que su medicina ancestral no podría curar, sino también masacres, tratos inhumanos e incluso ser comercializados como fuerza de carga para construcciones que jamás disfrutaron, para guerras que nunca comprendieron y para religiones que nunca aceptaron. Luego de ser diezmados, se les reconoció injustamente solo la décima parte de su territorio, lo que puso nuevamente en serio riesgo su subsistencia. Sin embargo, gracias a múltiples esfuerzos de distintos nuevos actores, lograron hace poco tiempo la reivindicación de sus derechos territoriales con la creación del Área de Conservación Regional Maijuna-Kichwa, en el que con legítimo derecho ahora pueden proteger el bosque que les provee de recursos diariamente; además, alternativas de desarrollo que ayuden a mejorar su calidad de vida. El proyecto en el que ahora han depositado sus esfuerzos y esperanzas y del que vine a aprender, es un Centro de Interpretación, donde el visitante puede recorrer todo el proceso histórico, social y hasta político en el que han estado envueltos, sus instrumentos de caza, sus comidas, vestimentas, toda la riqueza de su cultura que ahora también es un preciado recurso que desean explotar. Una “píldora” para conocer a los Maijunas.
El Centro de Interpretación no tiene nada que envidiar a una galería o museo citadino, tiene inclusive materiales audiovisuales y plataformas interactivas que permiten aprender frases en maijuna de una manera rápida y divertida. La comunidad entera se ha organizado para ofrecer demostraciones de sus actividades cotidianas que aprendieron de sus ascendientes como por ejemplo la preparación de sus platos más tradicionales. Esta forma de organizarse con otras personas en una comunidad, algo que en las ciudades se ha olvidado o menospreciado, tiene importantes dimensiones sociales y económicas, y en Sucusari es admirable. El trabajo en equipo ha permitido que gestionen sus residuos sólidos, que tengan bien cultivada la comunidad, los caños limpios, el atracadero de madera y construcción firme, el local comunal limpio e incluso un sistema de cisterna que recoge el agua de las lluvias y la construcción de los casi cuatrocientos metros cuadrados del Centro de Interpretación. Sobre todo, esta organización ha sido clave para poder rescatar conocimientos, el que ahora es el contenido del centro, es ahora su insumo y recurso más importante. Esto llena de orgullo a Duglas y a su pequeño hijo, a quien logro ver que mira sonriente a su papá mientras conversa conmigo.
La comunidad está dichosa porque en algunas oficinas de gobierno y actores involucrados los han empezado a llamar “empresarios” y les sienta bien, pues han conseguido importantes acuerdos comerciales con grandes operadores turísticos e incluso los ha visitado el director de la Oficina Desconcentrada de Cultura de Loreto con el propósito de declarar como patrimonio inmaterial a la cultura Maijuna. Son muchas las personas e instituciones que han volcado su atención a esta experiencia de cultura viva comunitaria para comentarla, analizarla, criticarla y/o replicarla en otras comunidades, donde la lección de no depender del gobierno o de proyectos pasajeros que ni siquiera cubren sus expectativas, ha sido aprendida. No quieren saber más de subsidios, prefieren ser responsables de su éxito o de sus fracasos.
Me quedo solamente dos días y es suficiente para convencerme de que los Maijuna están completamente decididos a asumir la responsabilidad de administrar y gerenciar el Centro de Interpretación, tienen muchas ansias de seguir viendo cómo crecen sus resultados, pero también la paciencia de una nación que por más de quinientos años han logrado superar todo tipo de obstáculos. Los dejo llenos de alegría y en un derroche de creatividad mientras preparan la gran inauguración del centro, al que prometen invitar a autoridades y empresarios turísticos para “conversar mirándonos a los ojos” me dice Duglas, algo que en la ciudad ni en sus oficina es fácil de conseguir; “la fiesta será nuestra oportunidad de mejorar nuestra presentación ante el mundo”.
Retorno a la ciudad y antes de ir a mi departamento voy a un céntrico supermercado donde me encuentro con dos personas con mucha más edad y experiencia de trabajo con comunidades que sanamente envidio desde que los escucho presentarse como “entendidos” del tema; les comento donde estuve y que fui a conocer, inmediatamente lanzan una paupérrima posición común: “Es que ahora el indígena ya no quiere ser indígena, quieren celulares y solo buscan dinero”. Mi reacción y gesto facial es de desagrado y no lo oculto, más bien se los hago saber respetuosamente deseándoles buenos días. Apresuro mi compra y lamento profundamente no comprenderlos.
Es que no logro comprender una posición tan egoísta y hasta discriminadora como ésa, que siempre se esconde en muchísimas personas bajo una gruesa capa de ignorancia. Asumir que solo los hermanos indígenas tienen una cultura y que como una especie de “hermanos mayores” tenemos la responsabilidad de encapsularlos para protegerlos, tomando decisiones que no nos incumben y criticando las que no fueron consultadas.
Nuestros indígenas quieren mejorar su calidad de vida, la tecnología y la globalización no les ha sido ajenos; y es que la cultura no es estática, es dinámica. Y es que la falta de agua, desagüe, alimentos y hasta vestimenta no forma parte de ninguna cultura. Es que la cultura no es solamente motivo de rituales y museos, es también un preciado bien que puede ser explotado, sobre todo cuando la economía basada en recursos ha venido decayendo con la promesa de no regresar jamás; y eso lo saben los Maijuna, lo sabe la comunidad Santa María de Fátima en el Amazonas y lo saben los monjes budistas que en la India realizan meditaciones al aire libre como atracción turística para que puedan solventar las necesidades de sus aldeas. El turismo vivencial comunitario es el nuevo norte de nuestras comunidades y todos podemos colaborar.

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