Por: José Álvarez Alonso

 

Leo en el periódico que la Comisión Ambiental Municipal de la MPM se ha reunido para evaluar el diseño de un plan para combatir la contaminación sonora. Sería ya el tercero o el cuarto de ese tipo… Probablemente propondrán también crear otra comisión al efecto; sería la tercera o cuarta comisión en sucesivas gestiones municipales, luego de que algunos ignaros insistiesen hace un par de años en que la solución al problema del ruido pasaba por nombrar la enésima comisión, la que para variar nunca funcionó…

 

¿Realmente se necesita un plan o una comisión para eliminar los ruidos molestos de las calles de Iquitos, cuando ya hay varios planes y comisiones circulando por ahí? Creo, sinceramente, que lo que menos se necesita es más planes, lo que se necesita es acción y punto. El problema de los ruidos molestos en Iquitos tiene una solución tan simple como ésta: aplicar la legislación vigente, nada más. Y esto está en manos de la MPM, que debe coordinar con la Policía Nacional y el Serenazgo, y meter al depósito municipal -vía operativos constantes- a los motocarristas y motoristas que impunemente circulan con el tubo de escape abierto, y poner substanciales multas a quienes usan sus parlantes a todo volumen en vías públicas o en locales sin la debida insonorización (y clausurarlos, en caso de reincidencia)…

 

No necesitamos ni más planes, ni más comisiones ni más normas (basta con cumplir las que existen, que son hartas y contundentes). Muchas instituciones y funcionarios sufren de ‘planitis’ aguda y crónica. Sé de un patético funcionario público que cuando se planteó la solución a un problema ambiental de la ciudad de Iquitos afirmó algo así: “eso ya está solucionado, ya tenemos un plan”. Ja, ja. Para él, como para algunos otros burócratas de medio pelo, la solución a los problemas se queda en el papel, en voluminosos informes, planes y estrategias que nunca son ni siquiera revisados, menos aplicados. El papel vale más que la realidad.

 

La ‘planitis’ crónica y la ‘comisionitis’ aguda son un mal endémico de nuestro país. Las oficinas públicas están plagadas de planes voluminosísimos, detalladísimos, laboriosísimos, costosísimos, que no sirven ni para papel de baño. Por culpa de ellos y la moda planificacionista se va al agua una suculenta tajada del presupuesto público. Peor con la moda de los planes estratégicos, marcos lógicos, planes operativos, etc. etc., que quitan tanto tiempo a la gente en vez de hacer trabajo efectivo… Especialmente inútiles son algunos voluminosos planes de manejo de recursos naturales (forestales, pesqueros, etc.), con sus inventarios inventados en oficina y las detalladas medidas que nunca son aplicadas… Pero eso será tema de otro artículo.

 

Problemas simples, que son fácilmente solucionables con una acción simple o una simple decisión de la autoridad, se ‘patean hacia adelante’ vía diseño de planes y estrategias o creación de comisiones, generalmente inútiles. Ya saben la frase: ‘si quieres que algo no funcione, nombra una comisión’. Lo mismo se podría decir: si quieres posponer un problema para el futuro y no buscarte el problema de enfrentarlo, propón hacer un plan. Y luego otro, y luego otro, ad infinitum

 

Ah, y no olvidemos la ‘capacionitis’, última o penúltima moda de gastar presupuestos a última hora con jugosas comisiones a costa de los sufridos “perjudiciarios”, con frecuencia campesinos, indígenas y moradores de pueblos jóvenes que no sacan nada en limpio de tanto cursito sin ton ni son.

 

La del camello

“¿Sabes qué es un camello?”, pregunta uno. Y el otro contesta: “Es un caballo pintado por una comisión… Especialmente folclóricas son esas nutridas comisiones “interinstitucionales” y “multisectoriales”, que demoran meses, a veces años, en parir algo, y cuando lo hacen resulta “el parto de los montes”, un ratón (o un caballo convertido en camello). Sé de algunas comisiones ambientales convertidas en auténticos “tés de tías”, conversatorios donde nunca se concluye nada y menos se actúa, por obra y gracia de los burócratas responsables de su organización y facilitación, virtuosos consumados en el arte de patear los problemas hacia el futuro para no enfrentarlos. Auténticos ‘Pichidís’ (PhD) en planificacionitis, vamos… ¿Alguien sabe de algún resultado efectivo de ellas, de algún problema resuelto? Ah, sí, han diseñado un plan, diez planes, han nombrado multitud de subcomisiones y elaborado sinfín de informes…. son sus respectivas y detalladas estrategias…. Y volvemos a lo mismo: la comisión que diseña un plan, y el plan que establece la creación de otra comisión, que elabora un informe, que recomienda diseñar un plan, y así ad infinitum…

 

Para tratar de solucionar este círculo vicioso se está implementando ahora en el sector público la ‘gestión por resultados’: Ya nunca más un funcionario podrá poner como producto un plan, o un taller, o un documentito… Al menos ésa es la idea.

 

No digo que no se hagan planes, son necesarios en diversas situaciones. Pero de ahí a planear por las puras, cuando lo que se requiere es acción… El plan no se puede convertir en fin, cuando es un simple medio, y la planificación no puede significar la inacción, como con frecuencia sucede. Imaginemos una situación: un día descubre que su casa se está incendiando. ¿Sería razonable que dijese a su familia: vamos a sentarnos a diseñar un plan o nombrar una comisión para enfrentar esta situación? No, simplemente actúa para apagar el fuego. Cuando se trata de situaciones complejas es cierto que hay que planificar bien las cosas antes de actuar, pero nunca a costa de no hacer nada, especialmente cuando la acción está tan clara como el caso del incendio o el caso de los ruidos molestos en violación flagrante de la ley, contra los que se viene “planificando” ya seis años, que es el tiempo que funciona el Comité Cívico Todos contra el Ruido, el que ha hecho llegar a las autoridades diversos planes. Dejémonos de planes y comisiones, y enfrentemos los problemas de una vez…

 

Debe buscarse un equilibrio entre la falta de planificación (la improvisación y el champazo) y la anquilosante ‘planificacionitis’ que deriva en inacción. “Ni tan poco que no alumbre ni tanto que queme al santo”, que decían las abuelas. Muchas veces es preferible algo sencillo y práctico, aplicable al momento, que no algo complejo pero no aplicable. “Pequeño, sencillo y ahora, y no complicado, caro y nunca”, que dice un proverbio judío.