“Dos sueños no bastan para olvidar tu sueño”

Por: Carlos Andrés Reátegui Romayna

 

Fue cuando yo laboraba en un medio de comunicación radial. Un periodista terminó su programa matutino y se retiró raudamente, dejando sobre la mesa, al costado del micrófono, un papel a simple vista. Pero cuando lo cogí me di cuenta que se trataba de un folleto anunciando los Juegos Florales de Cuento y Poesía UNAP 2003, dando a conocer las bases del concurso, y en la contraportada se podía leer un poema de Luis Hernández: Mientras existas/ no podré dejar de escribir: lirios/ colinas, una calle extraña/ y el universo/ desplegándose para dar a tu cuerpo cabida./ En alta mar/ y sonrientes observando la hora tranquila./ Hacia a ti está/ el rumor del follaje tranquilo./ No sé de otra forma decirlo y el jardín:/ No hay duda/ el cielo son dos. ¿Luis Hernández? Fue la primera vez que leía un poema suyo; es más, recién sabía de él. Era como si nos hubiésemos saludado personalmente con un apretón de manos. Un escritor que jamás nos lo mencionaron en el colegio (solo hablan de los clásicos), y mucho menos nos mandaron a investigar sobre su vida a modo de “tarea para la casa”.
Luis Hernández Camarero nació en Lima el 18 de diciembre de 1941. Fue médico de profesión y poeta por destino. Pero no solo fue eso: fue psicólogo y músico (tocaba la flauta, el violín y gustaba mucho por la música clásica rusa), además que dominaba el inglés y alemán, algo de francés, latín, hebreo y griego. Una inteligencia terrible, abrumadora. Con 20 años a cuestas llega a publicar su primer poemario, “Orilla” (1961). Al año siguiente hizo lo propio con “Charlie Melnik” (1962), y finalmente “Las constelaciones” (1965). Pero después de ello no publicó más. Ya no quiso. Sencillamente se cansó. Se aburrió. ¿Qué hizo entonces? Pues siguió escribiendo poemas simples y perfectos pero en cuadernos espiralados, usando plumones Faber-Castell de distintos colores, para luego regalarlos a sus amigos, a algunos no tan amigos, a conocidos y también a desconocidos. Regalaba poemas. Regalaba pasión. Regalaba una parte de él.
Lucho sabía mucho, escuchaba mucho, escribía mucho… pero también sufría mucho. Soy Billy the Kid/ ladrón de bancos/ y como llevo una herida/ en la espalda y como/ el tiempo muchas veces/ me negó sus aguas/ sé dónde voy. Al poeta le dolía la espalda de manera terrorífica. Espantosa. Y para combatir esos dolores y sufrir menos, hacía tres cosas: tomaba abundantes analgésicos; escribía poemas en sus cuadernos y hacía planchas voladoras con una sola mano. Le gustaba verse bien para sentirse bien. Yo hubiera sido/ premio Nobel/ de Física./ Pero el mar/ la cerveza/ y un amor/ me lo impidieron. Pero él se sentía mal física y psicológicamente. Su ánimo bajó ostensiblemente. Lucho, que era una persona llena de vida, de bromas, de juegos, de sueños, que aconsejaba a sus pacientes a que no se dejen vencer por la enfermedad que los aquejaba, se dejaba ganar por su propia enfermedad. Dicen que soy un soñador/ que sueña/ y otros dicen de mí/ adiós./ Me voy a otro lugar/ y si la tristeza me alcanza/ me cubriré con el agua/ de la mar./ Y no he más de morir/ y no he más.
La tristeza lo sumía, hasta que conoció el amor. Una guapa mujer, de ojazos verdes, rulos rebeldes, y de nombre Betty Adler. Ella visitaba al poeta en una de las habitaciones de la clínica San Borja, puesto que Luis Hernández estaba internado allí para un tratamiento de cura de sueño, con la única finalidad de poder calmar sus demonios. Un libro de poesía portuguesa sirvió de pretexto perfecto para conocerlo. Gracias al hermano del poeta, Max, pudo llegar hasta el lugar donde estaba internado. Allí empezó el amor y calmaron los dolores. Tengo la dulce sensación/ de haberte visto./ Y contigo luces/ cielo tiempo flores / y un amor. Estaba escrito en el destino (con los mismos plumones y colores que utilizaba Lucho) que ella y él se encontrarían y se tomarían de la mano. Con el pasar de los días, Luis Hernández llamaría a su musa inspiradora “Frazadita”, por el personaje de Linus, el amigo de Charlie Brown, el mismo que cuando perdía su frazadita se angustiaba y hasta que no lo recupere no estaba tranquilo. Exactamente así se sentía Lucho cuando su amada no estaba a su lado. Porque ella era su terapia, un poema con propiedades curativas. Te amo/ / Eres un amor irracional. Le gustaba jugar. Le gustaba molestar. Volvió a vivir. Antes de sonreír/ sonríes/ preparando/ tu sonrisa. Antes de mirar/ abres los ojos/ para llenar la luz/ de tu luz, amor./ Antes de cantar/ No, para qué mentir/ nunca te he oído. Habían vuelto nuevamente las ganas de ir al mar y sumergirse en sus aguas. De volver a escuchar música clásica rusa. Pero el dolor no había desaparecido por completo. Aún lo padecía. Hasta llegó a decir que lo que tenía era cáncer, un maldito cangrejo apretando con su más grande tenaza su columna vertebral. Betty solo escuchaba y asentía todo lo que decía Luis, mas ella sabía muy bien que no padecía de ninguna enfermedad terminal: lo suyo era un dolor espiritual, del alma, todo ello provocado por sus constantes reflexiones sobre lo absurdo del comportamiento humano. Las curas de sueño que le fueron aplicados en la clínica no habían dado resultado. Habían fracasado. Sin embargo, llegó a sus oídos que la clínica García Badaracco, estaba obteniendo grandes resultados en sus pacientes gracias a sus terapias en salud mental. No lo pensó dos veces: se iría a Buenos Aires. Betty rompió en llanto cuando se enteró de ello, pero sabía que era lo mejor para el poeta. Creo que lo mejor/ que me sucedió/ fue el haberte conocido./ Creo que es lo único/ que me sucedió.
Luis Hernández partió para Argentina el 9 de mayo de 1977, pero tres meses después le daría alcance su “Frazadita”, puesto que había puesto en remate algunas de sus pertenencias para poder costear su estadía en la tierra del tango. Y volvieron a estar juntos. Caminatas cogidos de la mano por los parques al atardecer, a veces acompañados de helados, otras veces sentados tomando café, según el clima del momento. Hasta que se acabó el dinero y Betty tuvo que regresarse a Lima. Estoy triste/ porque no estás/ y no lloraré/ porque luego/ los ojos no son lo mismo.
Desde aquel trágico 4 de octubre de 1977 hasta la fecha, no se sabe si el vate decidió quitarse la vida lanzándose a las vías de un tren ubicado en la estación de Santos Lugares, en el mismo Buenos Aires, según constancia policial argentina, o si fue un accidente, tal como lo dio a conocer el periodista Rafael Romero Tassara por medio de su libro “La armonía de H. Vida y poesía de Luis Hernández Camarero”, publicado en el año 2008. Empero, cuando la policía argentina ingresó a su habitación en la clínica García Badaracco, encontraron entre sus cosas una carta que decía: “Adiós Betty. Me hubiera gustado tanto que fueras feliz. Pero mi felicidad está fuera de toda esperanza. Hoy me voy a matar. Perdóname. Luis”. Estaba a 8 días de que le den de alta en la clínica para que se regrese a Lima y rehaga su vida, su carrera, su poesía, todo, pero no se dio. Él ya no volvería.
La poesía de Luis Hernández fue joven y totalmente despreocupada. Iniciaba escribiendo un poema con el español para luego continuarlo con el alemán, y de pronto le agregaba signos matemáticos, un poco de sorna y algo de dibujos. Se reía de las formalidades. Eso no iba con él. Si supieras/ que en la poesía/ no hay orden/ ni desorden. Si le daba la gana, escribía así o escribía versos simples pero maravillosos. Habiendo robado/ lluvia de tu jardín/ y tocado tu cuerpo/ duermo:/ no se culpe/ a nadie de mi sueño. Era un convencido del poder y la fe que había dentro de la poesía. No mueras/ por lo que Dios más ame/ sal de las aguas/ sécate/ contémplate en el espejo/ en el cual te ahogabas/ quédate en el tercer planeta/ tan solo conocido/ por tener unos seres bellísimos. Esa misma fe que estaba seguro que tenía sus poemas, pero no tan seguro tenerlo él mismo. El poeta Luis Fernando Chueca dijo que la poesía hernandiana “no nos salva del dolor, como el poeta hubiera querido, pero sí nos permite sobrellevarlo con la sensación de que alguien, al lado, lo comparta con nosotros”.
Este año se cumplen 40 años de su muerte, y por eso la Casa de la Literatura Peruana presenta la exposición “El sol lila. Constelaciones poéticas de Luis Hernández” hasta el 27 de agosto del presente, a modo de homenaje para este gran escritor nacional. Justo reconocimiento para alguien que, a pesar de que en el colegio nunca nos lo mencionaron, logró con su poesía que supiésemos de él, de su amor y su dolor.

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