Hace algunos días, este mismo espacio tuvo una nota sobre la campaña proselitista que vienen desarrollando algunas personas empeñadas en llegar a ocupar un cargo público. Aunque eso de empeñadas no va con el empeño, empuje y tesón, sino más bien a estar ignorados, en prenda con quienes ponen el dinero para después cobrarse la deuda con creces, en demasía.

Pero, el lector imagina siquiera aproximadamente ¿cuánto cuesta solventar una campaña, por ejemplo, para alcalde de un distrito o de una provincia? Y ¿cuánto es que sacaría de ganancia si es que saliera elegido? Mejor no se ponga en ese plan, por su bien se lo decimos. Es que hoy en día, y esto viene desde hace un par de décadas, personas improvisadas en el quehacer político tientan el poder llevados por algún interés, cualquiera, menos, jamás, el de servir al pueblo.

Nunca, en ninguna parte del mundo las campañas electorales son tan dilatadas como en el Perú y en especial en Loreto. Dos años antes, se siente el movimiento electoral con mítines, propuestas tontas que ni ellos mismo se los creen, regalitos y pintas en las paredes de las casas, muchas pintas, tantas que afean el panorama callejero.

Ni Obama ni Romney, peor Putin o Berlusconi, han utilizado los métodos de práctica común en nuestros “políticos”. No saben que las artimañas de nuestros candidatos son más que efectivas, que convencen rápidamente a los electores a votar por ellos, claro que en eso del convencimiento hay un gran abismo que separa el nivel de un elector europeo o de un estadounidense con el de uno de los nuestros.

Por otro lado existen razones de peso, que más tarde será un gran peso que gravitará en las responsabilidades de las autoridades. Demasiado peso que les doblará el honor y la dignidad, sometiéndoles a sus dictados.

¿De dónde están sacando dinero los virtuales candidatos para solventar los ingentes gastos de campaña? La ONPE debería ser muy estricta en verificar las cantidades y origen de las donaciones a los movimientos políticos, porque también hay dinero sucio, mal habido proveniente de negocios ilícitos, que se lava en los procesos electorales. La radio cuesta, la televisión cuesta, los espacios en la prensa escrita cuestan. Entonces, aquí encaja a la perfección eso de “sacristán que vende cera sin tener la cerería, de dónde pecata mea, sino de la sacristía”.