No hay lugar en el mundo donde la extracción de petróleo no haya causado trágicos estragos, insalvables para la vida animal, vegetal y humana.
Los mares de muchos países productores de este recurso natural, utilizado en un sinfín de productos, están contaminados con derrames del líquido negro; inmensas áreas de bosques han sufrido igual suerte, poniendo en peligro la vida de los habitantes que nunca tuvieron ningún problema ni enfermedades jamás sufridas, hasta después que las petroleras se instalaron en nuestra Amazonía.
La triste historia comienza desde cuando la Occidental Petroleum se instaló en la otrora floreciente gran cuenca del Marañón, que comprende, además, otras como del río Pastaza, Corrientes y Tigre. Eso fue en 1,971. Oxy dejó de operar en el Perú el año 2,000. Inmediatamente después de eso, Pluspetrol  toma sin mayor problema, el lote dejado, con la complacencia de Perupetro, la estatal peruana, que nunca hizo licitación alguna para esa concesión.
Pluspetrol está dejando 92 zonas contaminadas y las veces que se le siguió procesos para subsanar los daños ocasionados, respondieron con apelaciones, rechazando el pago de 39.4 millones  por multas.
Hay lugares donde la vida ha desaparecido, ahora son sitios letales para la existencia. A otra situación a la que se resiste, es a que tiene que cumplir con un plan de abandono que incluye remediar lo dañado en esas 92 zonas contaminadas.
Este es el desolador panorama en vísperas de que la explotadora empresa petrolera abandone el país. Ante ello, todas las comunidades indígenas de las cuencas afectadas están, como nunca, en unidad de criterios para implementar una próxima consulta previa del Lote 1-AB.
Nunca, el Estado ha debido despreciar las posiciones de los nativos, porque ellos conocen el bosque más que nadie, saben cómo cuidarlo y mantenerlo. La palabra de ellos vale más que los millones de dólares que entran al Erario Nacional, manchados de agresiones a nuestra gente. Después del petróleo, la vida en nuestra Amazonía, jamás volverá a ser igual.