Por: Luís Roldán Ríos Córdova rioscordova2010@hotmail.com
Hasta hace poco, en una vivienda frente a mi domicilio, se reunían para el culto un grupo cada vez más numeroso de jóvenes y adultos. Al rato de iniciada la sesión comenzaba a escucharse gritos desgarradores; manotazos, y trompadas a las paredes, dizque, para sacarle al demonio de sus cuerpos para poder alabar al Señor. A la sazón, uno de ellos me confesó que no podían ingresar al culto sin estar al día con el diezmo. No llegué a saber si eran Pentecostales, Testigos de Jehová, la Iglesia de los últimos días, Remanentes de Dios o cuanta agencia de recaudación monetaria subsiste. El escandaloso rito para expulsar a Satanás me hizo recordar al cuco (imaginario ser inventado para asustar a los niños). Siendo adolescente reflexionaba sobre la existencia de Satanás y el infierno dicho y afirmado desde los púlpitos, yo guardaba mis dudas al margen de que lo diga o no la Biblia (La Biblia lleva ya más de dos mil años de estar manipulada por muchos intereses) hasta que, adulto ya, tomé la decisión de no aceptarlo como realidad, más bien lo he tomado como que eran inventos utilizados para manipular al hombre aprovechando su deseo natural de tener un dios (Ser superior) que le proteja a la hora de sus limitaciones, debilidades e impotencias frente a la naturaleza y la vida; concluyendo entonces que Satanás es para el adulto lo que el cuco es para el niño, dado que al adulto ya no era posible asustarle con el cuco.
El cuco aterra al niño en su mundo infantil, costumbre que persiste con variantes como: el borracho, el loco, el roba muchachos, etc. La idea del diablo como agente conductor al infierno (castigo divino) aterra, pues supone lo eternamente trágico, fatal, irreversible; sirviendo con eficacia para someter a los adultos bajo el dominio de las religiones supuestamente encargadas de conducir al hombre hasta Dios, alejándolo del infierno a donde nos conduce Satanás como encarnación del mal. La deducción es fácil. Cuando ya no tenemos argumentos para convencer recurrimos al grito, al susto o a los golpes. Al creyente no lo podemos gritar, golpear, pero, si lo podemos asustar: «Mira… Satanás anda tras de ti».
Probablemente la idea de Satanás haya nacido sólo como referente para revelar la existencia de Dios, todo bondad, explicando así las perversidades humanas, sin que muchos entiendan, hasta ahora, que las maldades del ser humano no es obra del demonio, Satán, sino, naturales reacciones conductuales ante estímulos que experimenta cada persona de acuerdo al desarrollo de su ego (psiquis) frente a su explicación personal sobre la existencia en concordancia con su entorno y su cultura. Eso es todo.
Queda claro entonces, de que a la falta de explicación científica del comportamiento humano se ha recurrido a Satanás y sus variantes: diablo, demonio, Satán, Lucifer, Príncipe de las Tinieblas, Guardián del Averno y cuanto vocablo tenebroso ande por ahí, para asustar y facilitar el control y dominio de los adultos bajo los intereses de los clérigos de las diferentes Iglesias, en usufructo de la ignorante feligresía, lo que finalmente se convirtió en un eficaz instrumento de dominación sobre los pueblos, y desde la Edad Media en una fabulosa fuente de acumulación de riquezas.
Gracias a estos inventos (Satanás y el infierno) las iglesias han acumulado riquezas de dimensiones mundiales. Siendo la católica la que más provecho ha sacado, pues ha sido fiel escudero en las «santas» guerras bendiciendo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo cada crimen cometido por los genocidas durante las conquistas militares sometiendo países enteros o regiones enteras, como Sudamérica para España, por ejemplo.
Es cierto que ahora (siglo XXI) ya no nos venden indulgencias para asegurarnos un lugar en el cielo (sinvergüencería católica desbaratada por Martin Lutero), ahora recurren a las ofrendas o al diezmo con lo que descaradamente los pastores evangélicos sacan dinero a los feligreses de donde no pueden, pues, no vaya a ser que no cumplir con dicho canon religioso sea obra del mismísimo Satán que está presto para apartarnos del Señor.
Pobrecitos los que todavía creen a estos comerciantes de la fe, que a invocación del «¡PRECIOSO NOMBRE DE CRISTO JESÚS?!» y de… ¡PARA LIBERARTE DE SATANÁS!… hacen de la expectación una esperanza cifrada en «milagros» confirmados por arreglados testimonios.
¿Qué pasaría con las iglesias sin el cuento del demonio y el infierno? ¿Tendrían clientes?
Una cosa es estar al lado del señor por amor y otra por temor a las tentaciones de Satanás camino por donde anda la mayoría de feligreses de menor nivel intelectual. Ojo, para todos, ponerse al lado del señor es andar dócilmente tras del cura y/ o pastor quienes de hecho os dirán que leer éste artículo es cosa del demonio.
El testimonio que nos da la sabia naturaleza y la vida en ella, me convencen de la existencia de un Ser Creador y de Jesucristo como su enviado, infinitamente bondadosos. De ahí a creer en el diablo, demonio, Satanás ya viene a ser un infantilismo cerebral que sólo las iglesias están en la necesidad de propiciar por que ello sustenta su poder económico mundial y el manejo de masas humanas poniéndolas a disposición de gobernantes y de los modos de producción como el esclavismo, la feudalidad y del capitalismo actual, asustando con el diablo a los feligreses para mantener la paz y el orden establecido, mientras los «vivos» entre ellos curas y pastores viven de lo mejor apacentando a los corderos.
De modo que no sirven para nada las diócesis, vicariatos, parroquias, templos y cuanta secretaría sobreviviente existe para seguir manejando los intereses económicos de las iglesias en contubernio con las injusticias de las clases gobernantes.
Tranquilos. No pueden excomulgarme, éste artículo tiene el permiso de nuestro Señor Jesucristo quien además me dijo: «No los juzgues tú, para eso está mi Padre…» No es mi intención condenar a los curas o pastores, para eso está el Señor quien los mandó por intermedio de Jesucristo a predicar su doctrina almorzando en la mesa de una familia pobre y caminando al lado de los descalzos y no a acumular riquezas desde las comodidades de los TEMPLOS Y DE LOS CONSORCIOS, de modo que mejor desato la cuerda con la que les iba a ahorcar para que no los ahorquen en el cielo por mi culpa ya que todo lo que atares en la tierra será atado en el cielo.
Amemos al Señor… pero sin el cuento de Satanás….Oremos….