Por: Luis Eyten Yalta  Rodríguez.

 

Como yo, seguramente usted también se habrá preguntado alguna vez qué sería de nuestra región si se convirtiese en un Estado Federal. Todas las cosas cambiarían, mejorarían. Y es que la descentralización trae consigo el desarrollo de un país porque permitiera subsanar las carencias que tiene cada población en el ámbito político, económico y social, sino miremos a nuestro vecino Brasil.

Por ahí recuerdo haber leído el panfleto del Frente Patriótico de Loreto que decía “luchar contra el centralismo primitivo” y escuchado el discurso de un ex presidente que prometió “autonomía regional”. Hoy ninguno de los dos se ha cumplido. La idea de descentralizar a Loreto no viene de ahora, es añeja. La historia nos enseña que hubo por lo menos tres conatos de descentralización debido a que nuestra región ha sido víctima (y hasta ahora lo sigue siendo) de marginación y olvido por parte del gobierno central.

La primera se dio a finales del siglo XIX encabezada por un cusqueño, el militar en retiro Mariano José Madueño y un limeño de origen piurano, el entonces prefecto coronel Ricardo Seminario y Aramburú, quienes basándose en la promesa de campaña del presidente Nicolás de Piérola de instaurar el sistema de estados federales autónomos, el 02 de mayo de 1896 proclamaron el Estado federal de Loreto.

Madueño y Seminario pusieron en ejecución el primer gobierno federal, a manera de un modelo piloto porque además así lo exigían las condiciones políticas, económicas y sociales de Loreto. Se habían acumulado problemas vitales y el descontento era general. Luego del pronunciamiento, fue integrada la junta del gobierno federal, bajo la presidencia de Seminario y los miembros siguientes: secretario de guerra y comandante de las fuerzas terrestres y fluviales, coronel Mariano José Madueño; secretario de gobierno, obras públicas y colonización, Cecilio Hernández Isla; secretario de hacienda y comercio, Juan C. del Águila; secretario de justicia y culto e instrucción, doctor Ezequiel Burga Cisneros; secretario general del consejo federal, Benjamín J. Duble; jefe del Estado Mayor, coronel Juan Fajardo; jefe del ejército en acción, Luis Felipe  Seminario; jefe de la Gendarmería, sargento mayor Aurelio Hora Arnayo.

Probablemente el proyecto pudo haber tenido éxito si en los demás departamentos se hubiesen producido actos similares, pero no fue así y, al contrario, se desató una campaña adversa contra el movimiento calificándolo injustamente de “separatista” por los sectores que ya habían comenzado a simpatizar con el régimen pierolista y sumisamente trataban de adularlo. Con ello naturalmente los grupos de poder de siempre lograron desfigurar el programa interesados en mantener la hegemonía centralista. El presidente Piérola, proclive a entenderse con las clases plutocráticas, no vio mejor oportunidad para desconocer y negar su proclama descentralizadora cediendo a las imposiciones de la oligarquía limeña y terminó por perseguir encarnizadamente a Seminario, ordenó combatir y derrocar a los revolucionarios de Iquitos. El gobierno federal solo tuvo vigencia durante algunos meses al haber sido sofocado por las fuerzas del ejército.

El segundo conato se dio en la segunda década del siglo XX encabezado por el capitán  Guillermo Cervantes, quien mediante la descarga de cañones y fusiles anunció a Loreto como un Estado federal el 05 de agosto de 1921 que tuvo relativo éxito. El comando revolucionario de civiles y militares quedó integrado por Guillermo Cervantes, Manuel Curiel, Carlos Henninsg, César A. Velarde, Emilio Báez, Carlos A. Barreda, Lizardo Luque, Luis F. Azcarate, César A. Goizueta, Samuel Torres Videla, Max Caballero Alain, Héctor F. Barreto, Humberto Flores, Eliseo Zamudio, César Cereceda, Carlos Freyre, Tobías Vásquez, Pablo Lozano, Hermógenes Arévalo, Óscar Velásquez Chilet, Rafael Pérez, Juan Runcimán, Ulises Reátegui Morey, Adolfo Laines Lozada, Jorge Arenas Loayza, Conrado Sarmiento, Juan Olórtegui V. Abelardo Colmenares y Guillermo Barreto.

Los revolucionarios pusieron de manifiesto que las causas de su rebelión se debían principalmente a los malos manejos de las autoridades políticas de la región. Se formó un Comité Revolucionario que destituyó al Prefecto, Luis F. Escudero, y emitió una suerte de “cheques billete”, similares a los que circularon durante una época del gobierno de Alan García. Asumió, además, el manejo del presupuesto público, que se consideraba dispendios, y decretó la reorganización de los Centros Escolares Elementales.

Las mismas medidas fueron dictadas para Yurimaguas, Tarapoto y Moyobamba, a donde ya se había extendido la rebelión, con un notable apoyo popular. Al fin, el gobierno de Leguía reaccionó llamando a los revolucionarios “ladrones y usurpadores” y enviándoles tropas para poner fin a sus ínfulas.

Los rebeldes ganaron algunas batallas en la zona, pero poco a poco se hizo evidente la inferioridad militar de éstos. Por añadidura, la población se desmoralizó por la falta de alimentos. El 13 de enero de 1922, el capitán Genaro Matos, de las fuerzas leales a Leguía, ocupó Iquitos, mientras Cervantes se refugiaba en el Ecuador

La tercera revolución se dio a mediados de la segunda mitad del siglo XX entre el 16 y el 26 de febrero de 1956, esta vez encabezado por el general Marcial Merino, Comandante General de la División Selva, en contra del general Manuel A. Odría. Se trataba, al parecer, de un general con inclinaciones democráticas, pues acusaba al mandatario de privar a la ciudadanía de “las libertades fundamentales para organizarse política y cívicamente…”

Se habló de recuperar Leticia, por lo que la población iquiteña pasó de la sorpresa a un ánimo expectante. El dictador amenazó con un bombardeo, lo que no hizo sino exaltar más a la población. Merino, sin embargo, fue perdiendo el control de la situación y la esperanza. Terminó exiliándose en el Consulado Brasileño.

Con esto queda demostrado que nuestros gobernantes nunca tuvieron (y no tienen) la intención que nuestro país prospere, especialmente la selva, ya que de aquí salen la mayor parte de los recursos naturales que terminan beneficiando más al centralismo limeño.