Por: José Álvarez Alonso

Caminaba con mi guía, el recordado don Pablito Alcántara, por los bosques del Nanay. Llegamos a un claro donde se veía un tronco de una canela moena labrado a punta de hacha, por encima y por los costados, como para hacer una canoa. Por el aspecto de la madera, y las numerosas hierbas y arbustos creciendo en los lados, se notaba que la obra había sido abandonada hacía varios meses.

¿Por qué no habrán acabado esta canoa, si el tronco parece sano? Le pregunté. «Le picó el sapo», fue la escueta respuesta de don Pablito. He escuchado esa expresión en algunas otras ocasiones en varias comunidades de Loreto. La gente dice que «le picó el sapo» cuando alguien emprendió una tarea y la dejó a medio hacer sin motivo aparente, por desidia o por cansancio.

Por supuesto que el manso sapo no pica, y por eso la expresión es más sabrosa, con esa ironía tan amazónica que condensa la sabiduría de los antiguos.  Probablemente el sentido de la frase es «le cutipó el sapo», es decir, el susodicho adquirió los defectos o cualidades del sapo. Sospecho que hay una cierta asociación entre la figura del sapo (perezoso, dejado, indolente, ‘shepleco’) y la del humano que abandona una tarea sin terminar, que deja que los acontecimientos corran y no se mueve tras ellos.

No voy a abundar aquí en la hipótesis, bastante verosímil, de que el sapo también le puede picar o ‘cutipar’ a una sociedad completa, o al menos a grandes sectores de ellas, convirtiéndolos en conformistas y pasivos frente a eventos, maltratos y agresiones que soliviantarían a otros menos complacientes. Muchos opinólogos y analistas han incidido sobre el tema. Me ceñiré aquí al efecto maléfico del susodicho anfibio en algunos individuos.

Hay personas a las que «el sapo» les picó no en una tarea cotidiana, sino en emprendimiento principal de construir su vida. Seguro que todos conocen alguno. Personas que prometían mucho, dotadas de cualidades, y que han tenido buenas oportunidades en su vida de hacer cosas importantes, de desempeñar buenos trabajos, de hacer algo diferente, de hacer algo positivo por la sociedad o el mundo… Pero se quedaron, puro «cuchisupi», en un proyecto de vida fallido, conformista, mediocre…

Eso sí, son muy activos echándole la culpa a otros de sus fracasos, o al sistema, a la mala suerte, o a cualquier cosa que se les ocurra, todo menos admitir que de ellos dependía y depende el rumbo de su vida, y que son los únicos o al menos principales responsables de su fracaso. Con frecuencia se justifican diciendo que quienes consiguen hacer algo relevante o triunfar en algún campo es porque tuvieron ventajas o recibieron favores.

«El genio (o el éxito) es un uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de transpiración», reza la citada y sabia frase, que por cierto es atribuida a varios autores, desde Beethoven hasta Einstein, pasando por Edison. Transpiración, que para el caso es lo mismo que esfuerzo, dedicación, pasión y determinación para sacar adelante algo, un proyecto o una tarea.

Determinación. Esa palabra, infrecuente en el lenguaje común en nuestro país, es muy usada en los países del norte, y especialmente en Estados Unidos, donde se cita mucho el paradigma del hombre hecho a sí mismo (self-made man), el que a pesar de su situación desventajosa y gracias a su esfuerzo y determinación consigue triunfar en la vida. Ejemplos abundan, no solo por supuesto en EE.UU., sino en muchos países, y en todas las épocas de la historia. También hay muchos ejemplos de gente muy talentosa que nunca llegó a nada. Quizás más que de los otros.

Culmino la nota con dos citas para la reflexión:

Calvin Coolidge, presidente de los Estados Unidos, a principios del siglo XX: «Nada en este mundo puede reemplazar a la persistencia. El talento no; nada es más común que gente fracasada con talento. El genio tampoco; genio improductivo es casi una leyenda. Educación tampoco; el mundo está lleno de fracasados bien educados. La persistencia y la determinación por sí solas son omnipotentes.»

Thomas Fuller, intelectual inglés del siglo XVII: «Una determinación invencible puede conseguir casi cualquier cosa, y en ella recae la gran distinción entre un gran hombre y un hombre insignificante.»