Por: Ana Luisa Ríos González

 

Tantos siglos de dominación colonial han borrado y asesinado identidades y obligan a indagar en retrospectiva, mirar el árbol genealógico a nivel de país, reconocer que existe una rica y profunda diversidad en nuestras raíces. El censo de autoidentificación étnica permite preguntarnos como nación quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos.
Esta pregunta interpela, demanda examinar nuestra etnicidad, aun sabiendo que esta categoría tiene una fuerte carga ideológica. Va más allá de la raza (relacionada a rasgos biológicos como el color de la piel u otros rasgos fisiológicos), categoría que ya ha sido superada desde el abordaje de las ciencias sociales.
Implica reconocer que la etnicidad no solo se relaciona al uso de una lengua determinada por una colectividad, al idioma por medio del cual comprendemos el mundo, que constituye un elemento de poder, de acuerdo a los procesos de dominación y colonialismo español primero, y cosmopolita después (en la época del caucho y los otros ciclos extractivos), que agudizan la desvalorización de las lenguas amazónicas al situar a los pueblos indígenas en el último peldaño de la estructura económica y social.
Tampoco se restringe al hecho de compartir antepasados comunes, ni a una ocupación prolongada del espacio geográfico, que tal vez debe ser la mejor medida reivindicativa, dado que si aseguramos los territorios de los pueblos, estos estarán protegidos frente al capitalismo extractivo que, insaciable y angurriento, extrae los recursos no importándole que más del 30 por ciento de los bienes y servicios de la Madre Naturaleza, vitales para la especie humana, ya se han perdido irreversiblemente.
Incluye asumir conciencia de la identidad étnica como un criterio básico de afirmación de la etnicidad, una dimensión subjetiva mediante la cual las personas autorreconocen sus rasgos atávicos, el sentimiento que identifica a una comunidad, como resultado de milenios de existencia (perspectiva primordialista).
Permite redescubrir nuestra etnicidad, que puede afirmarse o deteriorarse de acuerdo al contexto histórico, en un sistema de relaciones étnicas (perspectiva constructivista); que puede también desaparecer por asimilación, aculturación o transculturación.
Depende mucho del contexto social e histórico, de acuerdo a las dinámicas sociales, configuraciones políticas y sociales para que los pueblos se autoidentifiquen o nieguen su identidad, de acuerdo a los privilegios que obtienen a partir de este reconocimiento. (Perspectiva situacional o estructuralista).
Será un gran reto redescubrir esas raíces en una sociedad anémica, que carece de un proyecto nacional, en medio de relaciones culturales conflictivas y violentas que han sido construidas bajo las contradicciones de este Estado-nación hegemónico, de rasgos y conductas monoculturales, en relaciones de poder inequitativas que aplastan las identidades originarias o solo las toma en cuenta en sus roles culturales, turísticos (exóticos) o económicos. Pero las excluye, discrimina y reprime cuando estos pueblos exigen sus derechos políticos. Invocar al sentimiento étnico en este modelo de Estado casi fallido, que legitima la desigualdad social, la pobreza, el racismo y la discriminación, es obligar al Estado a que replantee sus políticas públicas y estas sean diferenciadas pluriculturalmente.
Hay una agenda pendiente en el Perú, la de construir un país, como reclamaba José María Arguedas, de “todas las sangres”. Donde el Estado monocultural y de origen colonial que ahora tenemos, sea profundamente reformado y sea funcional a la Nación multilingüe, multicultural y multiétnica que tenemos.