• Una ciudad que nació como producto de una reducción jesuita:

 

Por: Adolfo Ramírez del Aguila.

Docente de Educación Secundaria

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Nuestra ciudad de Iquitos no tiene partida de nacimiento, pero sí partida de bautismo. Los historiadores siguen discutiendo incluso hoy en día, sobre el asunto de la fundación exacta de esta ciudad.  Con respecto a su partida de bautismo, poblado creado por motivos religiosos, hay dos detalles importantes: en casi todos los trípticos y videos turísticos y culturales, se imponen como distintivos principales de la ciudad, la hermosa catedral y el río Amazonas.

La catedral, construida en la primera mitad del siglo XX es una de las imágenes de nuestra identidad como ciudad cosmopolita. Sin embargo, este toque religioso arquitectónico del cual nos enorgullecemos como hijos de estas tierras, es sólo la punta del iceberg de una cuestión mucho más profunda que da sustento a nuestra identidad como ciudad moderna del siglo XXI: su fe.  La fe cristiana de su gente es parte de esta larga tradición misionera de jesuitas,  franciscanos y agustinos que trajeron el Evangelio a esta tierra de la yuca brava.

Desde que Iquitos fue un villorrio de poco menos de 200 habitantes, un día antes de que fuera declarado puerto fluvial del Amazonas en 1864, los misioneros católicos en realidad ya se encontraban en este poblado desde 1755. Según algunos historiadores, los jesuitas José Bahamonde y Mauricio Coligari, fueron los encargados de reubicar a los aborígenes Iquitos y Napeanos desde el Alto Nanay hacia este lugar junto al Amazonas, por cuestiones de mayor control religioso (reducciones) y mejor ubicación geopolítica.

Se podría decir con mucha propiedad, que este acto reduccionista de los Jesuitas, marcó el inicio de la existencia de este centro poblado, llamado luego Iquitos. En ese entonces, el templo principal de este poblado misional, era una simple choza con hojas de irapay. El resto de la historia de este pueblo, puerta de entrada al Amazonas, siempre ha estado ligado a su profunda identidad misionera cristiana.

Lo del 5 de enero, día central en que se celebró el aniversario de Iquitos como puerto fluvial del Amazonas,  seguirá siendo una fecha referente en base a un acontecimiento portuario de 1864.  Continuará seguramente la discusión sobre la fundación propiamente dicha de este pueblo poblado originariamente por nativos iquitos y napeanos.

La historia de esta ciudad, se entremezcla con la historia de los agustinos, a partir de 1901, cuando llegaron los cuatro primeros misioneros. Recordemos,  que desde la expulsión de los jesuitas en 1769, gran parte de la selva peruana estuvo abandonado pastoralmente a su suerte. Para cuando llegaron los misioneros agustinos, Iquitos ya era una ciudad que se enorgullecía de su progreso material, como fruto del “boom económico” del caucho, una época muy dolorosa para nuestra Amazonía.

En esa época de extracción capitalista, la ciudad progresaba a costa del exterminio de nativos en todas las cuencas donde abundaba el látex natural (el líquido resinoso era el insumo básico para las llantas de los automóviles europeos y norteamericanos). En esta historia dolorosa, promovida por los barones del caucho como Julio C. Arana, Carlos F. Fitzcarrald, entre otros, los religiosos agustinos y la Iglesia inculturada que fueron forjando en estas tierras, sintieron la llamada divina de defender los derechos indígenas. Muchos misioneros dieron literalmente la vida a este trabajo apostólico con ardor  profético. Justamente su razón de ser, para venir a estas tierras de misión,  por encargo del papa León XIII, fue para defender la vida de los nativos que estaban siendo exterminados durante la época del caucho (1880-1914).

La historia de Iquitos entonces, siempre ha estado ligada al quehacer de los misioneros católicos. Muchos agustinos ya fallecidos como el padre Jesús San Román, Avencio Villarejo y los que aún viven como el padre Joaquín García Sánchez, entre otros, pusieron y siguen poniendo al servicio de la comprensión de la Amazonía, toda su sapiencia de la cual podemos disfrutar en los libros y tomos de investigación antropológica que nos van dejando.

Después del “boom económico” del caucho, vinieron muchos otros periodos extractivos mercantiles siempre saqueando los recursos naturales que iba demandando el gran capital internacional: palo de rosa, pieles, madera, petróleo, oro, coca y actualmente bosques para el monocultivo. En esta vorágine de “saqueos amazónicos”, la Iglesia Católica y sus misioneros y misioneras nacidos en tierras europeas pero encarnados en el destino de estas tierras golpeadas por la “maldición de los recursos”, seguirán predicando el Evangelio de Jesús  inculturando siempre la Palabra en esta hoya amazónica peruana en donde Dios se hizo nativo y desposeído.

Que en estas celebraciones por nuestro aniversario como puerto fluvial, los iquiteños sintamos orgullo de nuestra identidad cristiana, con nuestra hermosa catedral como símbolo de nuestra ciudad moderna, pero también de una Iglesia misionera que no dudará en levantar su voz contra toda explotación del hombre por el hombre.

Que en estas celebraciones de Iquitos  (sede principal del Vicariato del mismo nombre), se reafirme nuestro compromiso laical por una Iglesia que estará siempre de lado de los desposeídos; una Iglesia defensora de los derechos elementales del hombre amazónico y su cultura propia; una Iglesia defensora de la creación y su recursos naturales; una Iglesia no solo que se ponga de intermediaria ante las protestas indígenas sino que se ponga de lado de los pobres de esta hoya amazónica.

¡Feliz 153 aniversario iquiteños nativos y mestizos! Amén.

(1) Artículo en homenaje póstumo dedicado al profesor e investigador amazónico José Barletti Pascuale. ¡Cuando un maestro muere, nunca muere!