Por: Víctor Villavicencio La Torre

El año 1977 me inscribí en el local que el APRA tenía en Iquitos y que se ubicaba en las esquinas de las calles Ucayali con Arica. Venía de un hogar donde mi padre era aprista, pero mi abuelo paterno era acérrimo sanchecerrista, al extremo que tenía un busto de yeso del «Mocho» como símbolo distintivo de su admiración. Era el año previo a las elecciones para la Asamblea Constituyente y mi filiación partidaria iba tomando cuerpo con la lectura política y el aplauso a los compañeros que desfilaban por mi calle vivando las consabidas frases de «Haya o no Haya, Haya será», «A más calumnias, más aprismo», «Ni con Washington ni con Moscú, solo el aprismo salvará al Perú», «Pan con Libertad», entre otras. Al año siguiente, un 18 de junio de 1978, Haya de la Torre fue elegido Presidente de la Asamblea con más de 1.2 millones de votos.

Por esas épocas teníamos al «compañerito», quien vivía dedicado a la venta de revistas y diarios. Todos los días me entregaba las ediciones de La Crónica y Expreso que, aunque expropiados por la dictadura militar, eran la fuente con la que nutría mis conocimientos en torno de la realidad nacional y la relevancia de los partidos políticos como expresión de una democracia representativa frente al abuso de la bota dictatorial. También eran épocas de la llamada «guerra fría» que partió el mundo en dos, dando origen al movimiento de los NO-AL. En paralelo, la lectura de las obras de Víctor Raúl, del «Cachorro» Manuel Seoane, Luís Alberto Sánchez, Antenor Orrego, Alcides Spelucín, entre otros, iban haciendo sólida mi base doctrinaria para entender la dimensión de un pensamiento político que rebasó fronteras y que sigue siendo materia de debate, pero también de estudio para entender la realidad y confrontarla con la interpretación de otros pensadores como José Carlos Mariátegui o Víctor Andrés Belaunde, por citar dos vertientes ideológicas de las que se alimentaron movimientos de izquierda y derecha.

Todo esta acumulación de conocimiento sobre la vida y pensamiento de Víctor Raúl no «cuadraba» con la errada visión que sobre Haya tenía mi abuelo paterno, a quien consideraba un renegado y agente del comunismo internacional, cuando no, un fascista. Su apego al militarismo, sin ser de la milicia, lo llevaba a escuchar los discursos que daba Velasco cuando visitaba Iquitos y hablaba del SINAMOS, la Reforma Agraria, la Propiedad Social, la expropiación petrolera y la confiscación de los medios de prensa a quienes representaban lo más graneado de la oligarquía peruana. Yo le llevaba la contra al abuelo cada vez que pasaba por el busto de yeso de Sánchez Cerro y le recordaba que el triunfo del militar piurano en las elecciones de octubre de 1931 fue fraudulento, tal como después se comprobó al encontrarse ánforas con miles de cédulas de votación a favor de Haya en paredes hábilmente tapiadas.

Por esos años, yo cursaba el 1ro. de secundaria en el Colegio San Agustín y hasta el año 1981, que salí de las aulas de ese claustro educativo, siempre era habitual sostener polémicas de corte doctrinario con quien ejercía la Dirección del Colegio, el Padre Laureano Andrés Fresno, y con el Padre Maurilio Bernardo Paniagua que nos enseñaba el curso de Religión. Siempre tuve la impresión que ambos eran los típicos religiosos que escondían, bajo su sotana, el apego que tenían por el marxismo y por un comunismo que ni ellos mismos practicaban. Guardando las distancias, eran una especie de Gustavo Gutiérrez con su «Teología de la Liberación» o la versión pasada de un Marco Arana. Cabe regresar al intermedio de esos años para evocar la muerte de Haya de la Torre, ocurrida un jueves 02 de agosto de 1979 tras ser consumido por un cáncer pulmonar que no pudo revertirlo en Houston. Más de un año atrás lo había visto y escuchado en la última de sus entrevistas televisivas concedidas a Alfredo Barnechea, conductor del programa Contacto Directo. Se veía a un Haya muy anciano y enfermo, pero agudo y reflexivo en torno de lo que esperaba del Perú y de su Partido tras su muerte. Recuerdo a Armando Villanueva dando la noticia al país en las afueras de Villa Mercedes al expresar, ante flashes, cámaras y micros, que «Ha muerto Haya de la Torre, ¡Viva Haya de la Torre!». Tras un peregrinaje de casi una semana, Haya fue sepultado en su ciudad natal, Trujillo, donde sus restos descansan bajo una inmensa roca con perfil de cóndor que tiene estampada la expresión de «Haya vive» y «Aquí yace la luz». Es importante destacar, como gesto hidalgo, el que la Junta Militar de Gobierno le impusiera la Orden del Sol del Perú, la más alta condecoración que otorga el Estado Peruano. Después de casi medio siglo de ácido odio contra Víctor Raúl, inculcado a las Fuerzas Armadas por la derecha recalcitrante, el Gobierno Militar decidió saldar la cuenta histórica que tenía con este ilustre Patricio.

Muerto Haya, el APRA tenía el reto de participar en las elecciones presidenciales de 1980, y luego de un accidentado Congreso celebrado en Trujillo, que tuvo como renunciantes a Prialé y Sánchez, prevaleció la unidad y se eligió a Armando Villanueva como candidato presidencial, secundado por Andrés Townsend Ezcurra y Luís Negreiros Criado. Tengo viva la imagen del «zapatón» haciendo su ingreso a Iquitos por los alrededores de la Plaza Castilla, para enfilar por la calle Fitzcarrald y unirse a una larga marcha por las principales arterias de la ciudad. Por todo lo alto se escuchaba el single de campaña, «El APRA es el camino», que hasta Jorge del Prado, Isidoro Gamarra y los más radicales comunistas lo cantaban, casi en silencio. Para apuntalar la campaña, semanas después llegó a Iquitos Alan García para presidir un «meeting» en la Plaza 28 de julio y después caminar hacia el local del Partido que ya estaba ubicado en la casa del periodista Andy Chu, en la cuadra 10 de la calle Arica. Cerró la campaña el «Tigre» Carlos Enrique Melgar, quien al ver que se venía una fuerte lluvia dijo a la multitud que «ni así se desborde el Amazonas, no nos movemos de acá».

Pasaron los años y hacia 1982, culminada la secundaria, partí hacia la capital para postular a la Universidad. En ese entonces, como hasta ahora, era común prepararnos en una academia pre-universitaria. Me matriculé en una de nombre SIGMA, ubicada en un pasaje entre las Avenidas Uruguay y Bolivia, donde nuevamente volví a confrontar con profesores, esta vez de las Universidades de San Marcos y de Ingeniería, ganados por el marxismo más ramplón y que tenían la misión de «penetrar» las mentes juveniles de quienes siendo provincianos, podríamos ser «presa fácil» para su prédica. Muchas veces, las clases dejaron de ser clases de corte académico para convertirse en horas de intenso debate doctrinario y de alta filosofía. Hegel, Montesquieu, Feuerbach, Marx, Engels, Lenin. Stalin, Trostky, Mao, y el conjunto de las obras de todos ellos, eran «biblias» abiertas de las que se cogían los «comunistas criollos» para elegir a cual vertiente del comunismo querían adherirse para hacer su burda interpretación de la realidad indoamericana y aplicar, para la solución de sus problemas, recetas que eran calco de otras dimensiones espacio temporales. Haya también leyó esas «biblias», pero supo «negarlas» dialécticamente para enriquecerlas y, con ello, dar contenido filosófico y doctrinario a sus diferentes tesis. Lo portentoso de la ideología del APRA aplastó los afiebrados postulados de los «zurdos» y ahí está la historia para darnos la razón. No hay mejor forma de ubicarnos en torno de esta afirmación que citando a Haya mismo, cuando en su «Carta a los Prisioneros Apristas» dijo que «hay que dejar que los comunistas criollos griten y se entreguen a su bohemia anárquica y a sus sueños de opio, hay que darles de vez en cuando su cocacho aprista, pero no hay que malgastar demasiadas energías, porque ellos tienen como destino el gritar y el ser histéricos, y nosotros la enorme responsabilidad de dirigir». También podríamos remitirnos a la polémica que José Barba sostuvo con César Lévano, actual Director del diario UNO, en una de la aulas de la Universidad Católica. Fue, realmente, una paliza ideológica. Como asistente a esa polémica recuerdo que Lévano ironizaba sobre el no entendimiento de lo que Haya había dado en llamar la ambivalencia del imperialismo. Barba, a su turno, lo hizo trizas al decir que «….en lo referente a la ambivalencia del capitalismo, son los lentes que usted tiene sobre sus narices, es la fibra sintética de sus pantalones, es el carro que lo ha transportado hasta aquí; es la máquina que nuestros obreros no han producido y que usufructúan en su beneficio……..».

Hoy, con un comunismo, que en su versión asiática es más imperialista y en su versión caribeña no es más que un generador de miseria y pobreza, hablar de una versión peruana es remitirnos a esa izquierda cada vez menos existente y, en lo poco, atomizada. En ese contexto, las discusiones de orden ideológico perdieron vigencia y dieron paso a lo sustantivo y permanente: el cambio, aquel que siempre movió el mundo y que Haya de la Torre supo ver y entender desde más antes que el 07 de mayo de 1924. El haber citado todo esto en un artículo no solo ha permitido que afirme mi convicción respecto de la doctrina del APRA y su cabal entendimiento, sino también traer al momento actual a aquel Haya de algunos pasajes de su larga vida. Y es que la vida de este hombre es enriquecedora, no solo por la plenitud de sus obras, sino por su azarosa vida, casi siempre agónica.

Podría seguir escribiendo sobre muchos hechos históricos del APRA y su ideología, pero no. En lo que queda de esta página, quiero ratificar mi fe, mi compromiso y mi lealtad a Haya y su movimiento. Hoy más que nunca ser aprista significa ser revolucionario, antiimperialista, globalizado y con visión de futuro. En suma, dialéctico para entender el devenir de la historia y comprender el por qué Hobson, Toynbee y Haya tuvieron razón al definir su espacio y su tiempo para anticipar los hechos del mañana. Hoy somos un partido inclusivo, y es que siempre lo fuimos desde que nos declaramos ser Frente de Trabajadores Manuales e Intelectuales. Es bien conocida aquella expresión de «Solo el Aprismo Salvará al Perú», pero esa no fue una frase exclusivista ni sectaria, como han querido ver nuestros adversarios. Haya de la Torre no dijo «solo los apristas salvarán al Perú», sino que formuló sus planteamientos y doctrina para entregar al pueblo el instrumento de su transformación. Al propio Presidente del Partido, y ex Presidente de la República, le escuché discursos de apertura allá por la década del 80, como cuando se refirió a los maestros diciendo «…acusan al APRA de defender a los comunistas del SUTEP y yo digo que los 200 mil maestros no son comunistas. Y aunque fuesen comunistas, el hecho de pensar en contra, o diferente de nosotros, no los hace dejar de ser peruanos, ni nos exime a nosotros de defenderlos, primero a ellos….». Igual sentido de apertura tuvo cuando se refirió a los pescadores chimbotanos que vinieron en marcha de sacrificio a Lima para exigir mejoras en la Caja de Beneficios del Pescador y no tenían lugar fijo para pernoctar. En su discurso de cierre de la campaña municipal de 1983 dijo «…que se abran las puertas de la Casa del Pueblo, que pasen esos trabajadores y que nadie les pregunte si son apristas o no; nos basta con saber que son peruanos, trabajadores y víctimas del mal gobierno». Por último, la mejor demostración de apertura la dimos en la campaña de 1985 con la expresión de «Mi compromiso es con el Perú y con todos los peruanos».

Feliz cumpleaños, Víctor Raúl. Desde aquel 22 de febrero de 1946, cuando el eterno «Cachorro» Seoane en el Estadio Nacional dio su discurso «Recado del corazón del Pueblo» hemos celebrado 68 veces el Día de la Fraternidad. Como muchos dijeron, «naciste en Trujillo y moriste como ciudadano de todo el mundo». Cada fecha de tu natalicio será para siempre decir, al igual que tú, «no queremos pan sin libertad, ni libertad sin pan, queremos pan con libertad» y que «no hay que quitar la riqueza a quien la tiene, sino crearla para quien no la tiene».