• Manolo Berjón, sobre la ayuda humanitaria en el bajo Marañón

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Después de un derrame, como los sufridos en las comunidades nativas de la provincia y departamento de Loreto, en el área de amortiguamiento de la Reserva Nacional Pacaya Samiria, en setiembre último, para el ex párroco de Santa Rita de Castilla, Manolo Berjón, es necesario proporcionar agua, “sobre todo agua, pero también alimentos y medicinas”.

“Ahora bien, es preciso intervenir rápido y realizar una reflexión más en profundidad. Cuando se entregó ayuda humanitaria, como en Cuninico, sólo se ha repartido para calmar los ánimos y disminuir la protesta. Esto nos parece un error, porque no tiene en cuenta las percepciones locales. Por lo tanto, hay una dirección de ida, pero no de ida y vuelta: una alimentación, medicina… culturalmente occidental, no intercultural”.

Desidia es la palabra que utiliza para indicar que a pesar de haber pasado más de un mes del derrame en Nueva Alianza, no han recibido ni una gota de agua. De igual modo Monterrico. Este despropósito sólo aumenta los niveles de rabia, esa que después les da miedo a los mandatarios. Sólo se nos ocurren un par de explicaciones a esta inacción: por un lado, discriminación: no nos conmueve el dolor de los otros, menos cuando son indígenas; por otro lado, si no sale en los medios de comunicación, no existen.

“La ayuda humanitaria debe ser insertada en un relato más amplio. No es un concierto de rock tipo “Aid for África”, que sólo sirve para que las estrellas brillen, pero no para solucionar la crisis humanitaria. Es preciso un relato más amplio que se sostenga en el tiempo y que nos lleve a pensar en una ciudadanía consciente. No olvidemos que en demasiadas oportunidades termina por convertirse en un “don que hiere. La ayuda humanitaria tiene un tiempo determinado. Ahora necesitan agua, alimentos, medicinas… Hay que pensar en la post-ayuda. De ahí la importancia de un relato más amplio. Pasada la emergencia continúan necesitando agua potable, algo de lo que carecen la amplia mayoría de las comunidades. Recordamos de pasada que uno de los índices para medir los niveles de pobreza es el acceso al agua potable”.

Expresa que es preciso abordar bien los temas, pues por ejemplo, el agua está matizada culturalmente. “Desde la escuela nos dicen que el agua es incolora, inodora e insípida. Pero los kukama consideran que el agua debe tener sabor (a agua, que los occidentales podemos identificar cuando tomamos agua en estas comunidades con una mezcla de sabor entre barro y río), algo de color (tirando a marrón si proviene del Marañón o a oscuro si es de quebrada) y algo de olor (a río o quebrada). Los alimentos tampoco son ingenuos. Detrás está el cambio alimentario. Son las madres las que introducen los sabores a sus hijos. Y los sabores nuevos siempre son difíciles de digerir. Hay que tenerlo en cuenta. Es necesario conocer lo que se entiende por “comida”, “comida verdadera” en las  comunidades. Por ejemplo, el atún se puede comer un día, pero una dieta sostenida en el atún no es “comida verdadera”. De ahí a que se rechace, va un paso. Y es posible que termine malvendiéndose en alguno de los mercados urbanos. Pero también es necesario anotar que los niveles de mercurio en atún es alto”.

Indica que culturalmente hablando, cuando las madres de familia alimentan a sus hijos no los nutren únicamente, sino que está incluido en una suerte de cuidado que establece lazos muy fuertes. Por tanto, es preciso que cada madre cocine para sus hijos, ya podemos percibir el daño que causa Qali Warma, surgen nuevas consecuencias indeseadas: la basura. Enlatados, botellas, plásticos… que llegan a las comunidades y no hay lugar donde depositarla. Es un problema gravísimo en selva baja donde ni siquiera la ciudad de Iquitos tiene un relleno sanitario en condiciones de ley ¡Una vergüenza!”, agrega. (MIPR)