• El papa Francisco y la polémica en torno a los restos cremados de nuestros muertos:

    Por: Adolfo Ramírez del Aguila.
    Docente de Educación Secundaria
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Acaba de publicarse el documento eclesial: “Ad resurgendum cum Christo” (Resucitando con Cristo) firmado y avalado por el papa Francisco, en donde se hacen recomendaciones pastorales sobre los restos cremados de nuestros difuntos.
El documento, elaborado por la Congregación para la Doctrina de la Fe, indica enfáticamente, que estos polvos mortales no deben guardarse en urnas caseras, ni deben esparcirse en cualquier lugar, sino que deben enterrarse en un columbario de una parroquia o catedral o de cualquier cementerio oficial. Columbario es el lugar especial de los cementerios públicos y privados, en donde se da cristiana sepultura a los restos incinerados de los muertos.
La recomendación pastoral –no es un dogma– en vísperas del día de los difuntos, ha creado polémica en diversos sectores del mundo, por considerarse una medida de injerencia eclesial en asuntos familiares y personales. Algunos críticos más radicales, afirman que esta medida del Vaticano, tiene algún interés económico, pues, favorecería el “negocio” de los columbarios que la iglesia administra actualmente en las parroquias y catedrales del mundo.
El catolicismo, a diferencia de casi todas las religiones, acepta la cremación de un familiar fallecido. Mediante la instrucción “Piam et constatem”, publicada en julio de 1963, se permite desde entonces esta práctica propia de una cultura moderna; aunque en ese mismo documento, recomienda “vivamente” la sepultura de los cuerpos sin cremarlos. Recordemos que el cuerpo muerto de Cristo fue guardado en una tumba; de allí viene la frase: “cristiana sepultura”. Una de las 14 obras de misericordia además, es “enterrar a los muertos”.
Mi esposa, siempre me dice que cuando me muera, va a incinerar mis restos. Medio en serio, medio en broma, le digo que esa no es mi voluntad, no quiero que mi cuerpo sea quemado en el horno-infierno de la cremación. Le sustento además, que si mi muerte es en extrañas circunstancias ¿cómo se profundizarían las investigaciones si mi cuerpo ya está hecho cenizas? Terminamos riéndonos de esta discusión, pero valgan verdades yo quiero que me sepulten sin cremarme, en el cementerio “Los ángeles” de San Juan. Escribo esto a manera de testamento.
Un amigo a quien conté sobre este debate familiar y mundial, me dijo que él tampoco quiere que le cremen cuando muera porque él cree en la resurrección de los muertos, como dice el credo católico, y que no se imagina cómo se levantaría de entre los muertos si ya está hecho cenizas. Bueno, tampoco tomemos al pie de la letra los artículos del Credo. San Pablo, en una de sus cartas dice, que en la resurrección al final de los tiempos, nos levantaremos con un nuevo cuerpo revestido de eternidad.
Frente a la inevitable muerte, como destino natural o accidental de todo ser humano, Jesús el Dios de vivos y no de muertos, nos propone darle un nuevo sentido a este desenlace trágico. El Evangelio de Juan, nos presenta una lectura muy bonita sobre este dolor irreparable por una partida; es el famoso pasaje bíblico de la resurrección de Lázaro (Jn 11, 17-27). Jesús, al saber la “mala noticia” de la muerte de su amigo, fue a la tumba, se conmovió y lloró; fue propicio el acontecimiento para proclamar la “Buena Noticia” a los pobres y desconsolados, que lloran por la pérdida de un familiar: “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”. Dicho esto, Jesús ordenó al muerto putrefacto de hace cuatro días: “Lázaro, sal de ahí”.
Que en estos días de polémica sobre la cremación y que honramos a nuestros difuntos, hagamos un acto de fe, y dejemos que Jesús actúe con eficacia, allí donde la muerte quiere hacer sentir su carga de desaliento y desesperanza. Y la muerte hoy en día, no sólo es causada por una enfermedad o por un accidente de tránsito; hoy, la muerte se ha instalado en todos los rincones de nuestra sociedad, a veces de una manera sutil: en las calles violentas, en la economía que mata de hambre a los pobres, en los “negociazos” con la plata del SIS, en los derrames de petróleo que envenenan la selva, en la droga y los carteles del mal.
Señor Jesús, ven y ordena nuevamente que estos cuerpos, estos polvos, se levanten de la muerte a la vida. Amén.