Por: José Álvarez Alonso

Estaba apostado al borde de un claro en medio de un bosque de ‘varillal’ en el alto Tigre, documentando las raras aves que ahí habitan,  cuando escuché acercarse a una manada de monos. Me resguardé un poco detrás de un tronco para poder observarlos sin llamar mucho la atención. Se trataba de ‘frailes’, también llamados monos ardilla, supongo que por lo vivarachos y ágiles que son. Serían como unos 25 o 30; dedicados a lo suyo, pasaron muy cerca de mí sin percatarse de mi presencia, a pesar de la baja estatura y la escasez de follaje que caracteriza a los árboles de los varillales, por crecer sobre arena blanca.

Estaba a punto de reanudar mi camino cuando vi acercarse a un mono que se había quedado muy retrasado, así que me quedé esperando. Ahí observé una enternecedora escena que no olvidaré jamás: se trataba de una madre ‘manquisha’ cargando penosamente una cría en la espalda; un brazo colgando era probablemente el recuerdo del disparo de un cazador. Era realmente doloroso observarla cómo saltaba de rama en rama con un solo brazo, con el que también se las ingeniaba para rebuscar su alimento entre las hojas y resquicios de las cortezas.

No tengo idea si la lesión era reciente, o si la monita había sido herida tiempo atrás y, a pesar de su discapacidad, había podido gestar y criar a su hijo, que aparecía bastante saludable. Sea como fuera me pareció un ejemplo de superación impresionante. Lo que sí sé es que es frecuente que los mitayeros prefieran disparar a las hembras de mono con cría para apoderarse de ambos: con suerte la cría resulta ilesa y la pueden criar como mascota, y eventualmente venderla a algún regatón.

Recientemente observé en un documental de televisión una escena aún más conmovedora: se trataba de un mono un mono verde africano, que según el locutor había sufrido terribles lesiones en una trampa de cazadores, y sólo le quedaba operativa una pata delantera. Pues el pobre animal se las arreglaba para desplazarse por el suelo saltando sobre su sola mano haciendo increíbles malabares. Para alcanzar el alimento a la boca tenía que arrastrar su cuerpo por el suelo. Estremecedor pensar el dolor que puede ocasionar el ser humano…

En mis largos años por los ríos amazónicos nunca he querido comer carne de mono, por una cuestión de principios. Los monos son los animales más cercanos genéticamente al hombre, y su comportamiento es demasiado “humano” como para no sentir compasión por ellos, especialmente las especies mayores. He oído a varios afirmar que no han vuelto a cazar o a comer mono luego de ver agonizar a un mono grande herido por un disparo…

Además los monos son muy susceptibles a la caza, porque tienen tasas de natalidad muy bajas, y son relativamente fáciles de cazar, en comparación con otros animales menos conspicuos. Esto es particularmente notorio en maquisapas, choros y cotos, especies que desaparecen rápidamente de las zonas más accesibles desde ríos y poblados. Por eso su caza está prohibida por la ley peruana. En países tropicales con mayor desarrollo socioeconómico (por ejemplo Costa Rica o Belice) la gente ya no caza monos, y estos pueden ser observados muy cerca de pueblos y ciudades, y se muestran confiados con las personas; no es de extrañar que tengan tanto turismo… ¿Cuándo veremos esto en la Amazonía peruana?

Hoy tenemos millones de hectáreas de bosques amazónicos donde los monos grandes han sido extirpados (junto con otros animales muy susceptibles a la caza, como los grandes loros, los paujiles y pavas, la sachavaca y el yangunturo o armadillo gigante, entre otros). Esto constituye un grave problema ecológico, dado que estos animales son grandes dispersores de semillas o controladores de vegetación, y muchas especies de árboles tienen problemas de regeneración (cabe señalar que más del 80 % de los árboles amazónicos son ‘zoocóricos’, esto es, sus semillas son dispersadas por animales).

Un reciente estudio, realizado en Madre de Dios por el famoso ecólogo John Terborgh y colegas, demostró que el bosque amazónico está cambiando su composición de especies como consecuencia de la extirpación de los animales grandes por la cacería excesiva. En Loreto esta defaunación es mucho más grave y extendida, en comparación con Madre de Dios, y el problema a largo plazo puede ser mayúsculo. La defaunación tiene una consecuencia también económica más grave aún si cabe: la desnutrición que hoy aqueja a las poblaciones rurales, y especialmente a los niños (hasta un 50 % en comunidades indígenas), es consecuencia en buena medida de la escasez creciente de animales y de pescado.

Las comunidades que han recibido algún tipo de orientación y apoyo para el manejo de sus bosques y cochas, como las que viven en el río Tahuayo (área de amortiguamiento del Área de Conservación Regional Comunal Tamshiyacu-Tahuayo) y en el río Yanayacu (Reserva Nacional Pacaya-Samiria) han dejado de cazar primates y otros animales protegidos por la ley, pero cazan con moderación animales autorizados por la ley, que son los que soportan bien la presión de caza: sajino, huangana, venado, añuje, majás, carachupas, pucacunga y perdices, entre otros. Con medidas sencillas de manejo han conseguido un aprovechamiento sostenible de este recurso, y hoy pueden consumir más carne de monte que la mayoría de las comunidades.

Las comunidades amazónicas podrían comercializar su carne si gestionasen ante la autoridad competente la aprobación de sus planes de manejo. Actualmente, prácticamente toda la carne de monte que se vende en ciudades amazónicas es ilegal (por doble motivo la de animales protegidos por la ley, como monos, sachavaca, charapa o manatí), y la gente consciente debe evitar consumirla, pues con ello contribuyen a la depredación de la selva y a incrementar la desnutrición en las comunidades ribereñas. Los pobladores rurales sí tienen todo el derecho del mundo a cazar animales con fines de subsistencia, y la ley se lo permite.