De falsos héroes y otros fantasmas

Por: José Álvarez Alonso

Las sociedades humanas no pueden vivir sin héroes, sin individuos que inspiren, admiren y sirvan de modelo, estímulo y guía a las masas. Hoy son los astros del cine y la TV, de los deportes, de la música; hace unos cientos de años eran los guerreros, y en ciertas sociedades, los artistas plásticos y poetas, y anteriormente, quién quizás: se sabe que los romanos adoraban a sus gladiadores, por más que la mayoría fuesen esclavos, y en la Grecia clásica a los deportistas en sus pioneros Juegos Olímpicos. En nuestra ‘metalizada’ sociedad moderna, la fama y el respeto son otro artículo de mercado: quienes adquieren una gran fortuna material, o llegan a puestos de gran poder, se tratan de subir al ‘altar’ de la fama para recibir la adoración de las masas de forma artificial, a través de publicidad pagada en prensa mercenaria, a través del autobombo y el apoyo de sobones, chupamedias y ayayeros a sueldo o prebenda; pero su gloria suele ser efímera, y cuando creyeron ser divinizados por las masas, terminan siendo poco después odiados y despreciados como pocos (caso habitual de dictadores de distinto tipo).

Confieso que yo tengo mis propios ‘héroes’ amazónicos. No son los de las masas, les puedo asegurar; no pagaría yo un cobre ni haría una cola de varias horas por ir a presenciar un concierto de un ídolo musical, o un partido de fútbol de los equipos más famosos. Mis ídolos son más pedestres, si me permiten la palabra. Mis héroes son ‘charapas’, y no aparecen en los medios muy frecuentemente, ni visten ropas caras ni acuden a los lugares de moda. Son gentes comunes y corrientes, que hacen un trabajo silencioso, llevan una vida sencilla, no llamativa ni glamorosa: su mérito está en que hacen bien lo que hacen sin recibir gran recompensa material a cambio, son generosos dando su tiempo y esfuerzo para el servicio a la comunidad, y con su comportamiento están abriendo trochas y construyendo el futuro para las nuevas generaciones.

Conozco decenas, cientos de pequeños héroes anónimos, gentes sencillas que empujan laboriosamente el carro de la vida, gentes decentes, trabajadoras, que nunca serán noticia, ni darán nombre a una calle por no llevar uniforme, pero que con su trabajo, altruismo, decencia sumados a los de otros hacen la historia de esta tierra. Entre ellos están gentes ribereñas esforzadas, sacando adelante a sus familias y apoyando siempre a los otros; madres de familia urbanas que trabajan del alba a la noche para ganar -solas- cada día el sustento de sus hijos; secretarias que atienden con cariño y dedicación cada gestión, cada pedido de atención; motocarristas, chaucheros, profesores, enfermeras, gentes que hacen la diferencia en medio de la mediocridad y la mezquindad… También algún que otro «profesional», pero los menos, la verdad, que a decir del recordado P. Gonzalo (otro de mis héroes, quizás la persona más austera, trabajadora y desinteresada que he conocido en mi vida) ‘parece que en la universidad sólo les enseñan a hacer pendejadas y mañas para vivir sin trabajar aprovechándose de otros o del Estado…’ Esas gentes tienen más mérito, muchísimo más, a mi humilde juicio, que muchos de los que se dicen «servidores» públicos, de esos que se llenan la boca con su supuesta dedicación al bien común, pero reciben suculentos sueldos y otras prebendas por hacer su trabajo. Porque hacer un trabajo por el que se cobra no tiene gran mérito, especialmente cuando está bien remunerado (dan cólera algunos alcaldillos que creen que es gran mérito hacer obras con nuestro dinero, cuando eso es lo mínimo que deben hacer y para lo que se les paga). Deberían decir como Jesús: «Siervos inútiles somos, pues hicimos lo que debíamos hacer» (Lc 17, 10). El mérito es trabajar mucho más allá de lo que se nos paga, salirse del camino trillado de nuestras obligaciones laborales.

Cuatro entre muchos

No puedo ciertamente dar muchos nombres y describir sus méritos en este corto espacio, y me limitaré a escoger al azar cuatro que particularmente me han ‘tocado’ con su ejemplo, a sabiendas que hay muchos más, aunque no suficientes como debiera haber. Para distribuir salomónicamente, se trata de un indígena, un ribereño, un citadino, y un charapa adoptivo, pero charapa al fin hasta la médula. Notarán que no hay ninguna mujer. No es porque no haya heroínas en Loreto, las hay por decenas de miles (especialmente madres abnegadas que sacan adelante solas a sus hijos ante el abandono o la inoperancia vil del padre, bizarro ullo, haragán maqui), pero la sociedad machista las sigue relegando de puestos y responsabilidades de mayor relevancia…

»           Gilberto Flores Huanaquiri: presidente del Comité de Gestión del Área de Conservación Regional Comunal Tamshiyacu-Tahuayo. He estado con él en varios eventos en Iquitos y Lima, y le he escuchado hablar con gran humildad de su labor -y con esa voz sosegada, esa calma y ese aplomo amazónicos reflejo de la sabiduría milenaria de su pueblo-. Él es el principal artífice del hoy celebrado modelo de gestión comunal del Tahuayo (acaban de recibir un importante premio en Lima). Gilberto, y con él decenas de moradores del Tahuayo, llevan casi dos décadas trabajando por defender sus bosques, por manejar sus recursos, invirtiendo miles de horas en patrullajes, gestiones y reuniones, sin sueldo, y más bien recibiendo a cambio calumnias, insultos y disgustos. Eso es mérito, y me quito el sombrero, c.

»           Emir Masengkai Tempo: muchos, demasiados alcaldes indígenas y mestizos terminaron en la cárcel o con largos y costosos juicios, en lo que acabaron sus dineros mal habidos. Emir ya es alcalde por tercera vez, y es una de las personas más honestas, lúcidas, eficientes y visionarias que he visto en mi vida. Su dedicación a su pueblo queda manifiesta por su modestia y la austeridad de su vida, y hasta en su despacho en San Lorenzo, donde sólo tiene una silla y una mesa con papeles. No se dedica a llenar de cemento y calamina su provincia con las consabidas obritas «coimisionadas», sino que impulsa constantemente proyectos productivos y para mejorar la calidad de vida de su gente. Me quito el sombrero, c.

»           Aurelio Tang: una generación completa de estudiantes pasó por sus manos y aprendió de su enérgico carácter y su descarnada crítica de la mediocridad y los defectos de nuestra educación y de la sociedad loretana en general. Aunque ha recibido las Palmas Magisteriales, siempre vivió y sigue viviendo de su humilde sueldo de profesor (ahora jubilado), promoviendo el amor por su tierra y las sanas costumbres loretanas, charapa hasta la médula a pesar de su oriental apellido. Pasión por la verdad y la decencia. Un predicador en el desierto, denostado, ignorado, criticado, pero terco e imbatible en sus principios y su decencia. Me quito el sombrero, c.

»           Pekka Soini: con un miserable sueldo de técnico agrícola, trabajó décadas investigando la fauna loretana, y desarrollando el paquete tecnológico que hoy usan decenas de comunidades y colegios para incubación de huevos de taricaya y charapa. Sobriedad, seriedad científica, generosidad sin límites, decencia a ultranza. Lo visité en su humilde estación de Cahuana, en el medio Pacaya, a fines de los 80, y quede impresionado por el enorme sacrificio de vivir en el monte por años en el peor zancudal que he visto en mi vida. «No es nada por el privilegio de disfrutar de esta naturaleza», me dijo siempre humilde. Se fue tan callado como vivió, sin reclamar ni protestar por nada. No pude nunca decirle lo que significó para mi vida su ejemplo, pero te lo digo a través de estas líneas, GRAN MAESTRO, a quien no merezco desatar su sandalia, pero ante quien me quito el sombrero…

3 comentarios en “De falsos héroes y otros fantasmas

  1. Los verdaderos heroes estan en el campo, los que a diario siembran para el futuro, a quienes la prensa nunca los encuentra, tanto como conozco heroes tambien hay, ociosos, pero ése es otro tema.

  2. de verdad pp eres una porqueria en el buen sentido dela palabra, eresun criticon no eres una persona que da ideas matas la moral delas personas

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